martes, 9 de junio de 2009

UNA LUZ EN EL HAMPA (SAMUEL FULLER - 1964)

Películas como ésta son algo así como un directo al hígado. Sin tanteos previos ni movimientos de pies a lo Cassius Clay. Desde la campana de salida. Absolutamente impactante la secuencia inicial donde Kelly, que luego se desvelará como prostituta, se desmelena textualmente zurrando la badana a su representante, su chulo para entendernos. Casi no nos hemos sentado en el sillón y Fuller parece decirnos, “Abróchense los cinturones que despegamos y se esperan turbulencias”. Olvídense de sueños americanos, Disneylandias y estatuas de la libertad. Esto va en serio.

Promesas cumplidas. La vida es jodidamente dura y del barro no se sale tan fácil. No basta con mirarte en un espejo, escupirte a la cara y repetir compulsivamente, “conmigo no van a poder”. No. Fuller lo tiene claro y nos lo restriega por los morros. Las hipocresías sociales no van a permitir tu redención. Nada importa lo que digan los catecismos y devocionarios acerca de la alegría en el reino de los cielos por un pecador arrepentido. Aquí no hay arrepentimiento que valga. Vuelve al tajo que es lo tuyo. El orden establecido te redirecciona más allá del río, fuera de su jurisdicción, eso sí, después de haber alterado conjuntamente el mismo orden que se vanagloria de preservar. Hipocresías a go-go. La amiga por la que te partes la cara y se la partes a la madame, jugándote el pellejo, te vende por un plato de lentejas sin ni siquiera chorizo. ¿Dónde estamos?. ¡Por Dios!. En el paraíso USA de los 60. Criticas sociales: NO. Frenen a Fuller parecen decir, ante una sociedad americana especialmente desubicada tras los acontecimientos de Dallas.

Y en España la cosa no parece mejorar. El beso desnudo se traduce por Una luz en el hampa, seguramente para evitar perversiones pecaminosas. ¿Pretendían que recordáramos subliminalmente el rayo marisolero de luz?. La desnudez del beso tiene sus profundidades de patología psiquiátrica y nada que ver con los films de Tinto Brass o los aún nonatos films de Emmanuelles varias. Una anécdota más que no resta calidad al film, porque la tiene y es mucha como no podía ser menos viniendo de quien viene y fotografiada por un Stanley Cortez al que seguro recuerdan por La noche del cazador, esa monumental película de Laughton cuyos encuadres han quedado para siempre impresos en las retinas de cuantos espectadores la hayan disfrutado.

De la película se podrían decir muchísimas cosas. Les animo a descubrirlas por ustedes mismos. Pero les apuntaré algo más. Un film donde un gesto, una canción, un niño y un instante de desesperación y violencia dejan en desuso las palabras, es un film inteligente, de un director inteligente y que nos hace inteligentes. Nunca la inteligencia lo tuvo tan fácil. Apriétense los machos que Samuel Fuller no para en prendas.




1 comentario:

Jack dijo...

Ya está encargada y con ganas de que llegue pues la fotografía promete mucho.