sábado, 26 de junio de 2010

TIENDA DE LOCOS (CHARLES REISNER - 1941)



Tienda de locos (The big store) no puede encuadrarse entre lo mejor de los Marx. Sin ser demasiado duros con ella, los Brothers tienen películas más genuinas y mucho mejores. Sus últimos films parecen responder más al sufragio de las deudas de Chico Marx (un día en las carreras, y otro, y otro…) que a razones de imaginación, oportunidad y cosas que contar a sus asiduos que eran muchos. Pero aún así destila instantes de genialidad y aún en la fría soledad del sillón, lejos de carcajadas contagiosas, se escapan notorias sonrisas. Y eso sube la nota.



Recientemente revisé Amor en conserva, otro film de los Marx con el propósito de hacer caja y saldar números rojos. Sin embargo The big store es infinitamente mejor. La presencia de Margaret Dumont eleva exponencialmente la calidad media pues fueron y somos muchos sus admiradores. Groucho, a diferencia del detective Grunion de Amor en conserva no resulta un pegote en medio de la película añadido por intereses comerciales. Su detective Flywheel es todo un personaje, sus relaciones con Miss Dumont las esperadas por la audiencia con sus habituales perlas, y sus habituales, agresivas e ingeniosas frases dejan momentos brillantes. Harpo sigue su línea musical y disparatada si bien algo más comedido y Chico un poco como el Guadiana, apareciendo y desapareciendo.


Brillantes escenas: La contratación de Groucho por Miss Dumont, el número musical entre ascensores y departamentos del centro comercial. No se pierdan la cantarina parálisis facial de Virginia O´Brien entonando impertérrita Rock a bye Baby, entre cunas y canastillos. Las cuentas de la familia italiana a la que no cuadran los hijos, surrealismo puro. Harpo por triplicado al arpa y junto a Chico al piano, maniobras orquestales a plena luz y para deleite y descacharre de las improvisadas clientas. Sin embargo, el tal Tony Martin (cantante) en su rol personalizado de Tommy Rogers un tanto bastante melifluo y acarameladillo. Rancio sin duda para el siglo XXI.

Son los Marx. Reconocibles, pero menos. Las han hecho mejores. Quien tuvo, retuvo y guardó para luego.

lunes, 21 de junio de 2010

TIERRA DE PASIÓN (VICTOR FLEMING - 1932)


Red Dust es sobre todo una película Pre-Code. ¿Que significa esto?. Se trata de un film realizado en años anteriores a la efectividad del Código Hays (Julio 1934) que estableció líneas de conducta moral para un cine que, con la llegada del sonoro y especialmente durante la gran depresión se había refugiado para sobrevivir financieramente en temáticas tales como "blood and guts" (sangre y tripas) o "hot cha-cha", en traducción libre, ritmos exóticos calientes.

En este contexto, Jean Harlow, máximo exponente de la seducción vive al lado y además nos hace reír, es la vamp (pero menos) idónea, cercana al espectador pero con la frescura suficiente para "hot cha-cha" a un regimiento. Clark Gable es un sinvergüenza y mujeriego que intenta dárselas de duro pero que, si las faldas se levantan más de lo socialmente aceptable, pierde el oremus y si las faldas se resisten también. Y por último Mary Astor es la resistencia (no francesa) pero que se muere de ganas por arremangarse sugerentemente bajo la "rain" monzónica.

Prostitución, adulterio, y los principios éticos y morales en remojo tropical, es el activo de un film donde Indonesia, el caucho y su proceso de elaboración son la excusa para amoralidades varias que distraían a la audiencias "liberales", que las otras empezaban a pirrarse por Shirley Temple.

Red Dust es el antecedente de otro film mítico: Mogambo de John Ford con Ava Gardner, Grace Kelly y el propio Clark Gable. Cambiando escenario (la acción se desarrolla en África) y pecado (en España el adulterio se tornó incesto) el "menàge" revivió en el 53, con un código Hays vigente, aunque "nominalmente" mas que otra cosa.

Como curiosidades: La película se rueda fundamentalmente en estudios, hirviendo agua en tetera y empapando la frente de los actores para conseguir el efecto sudor tropical. Las polillas se sueltan antes de cada rodaje, etc. Además, por aquellas fechas se suicida Paul Bern el esposo de Jean Harlow en circunstancias poco claras (se barajan temas financieros, de impotencia sexual o incluso de una madre excesivamente dominante). El caso es que a la MGM le interesaba no perjudicar la carrera de su estrella y echó la suficiente tierra para ocultar el asunto.

5 años más tarde moría Jean Harlow. La leyenda estaba servida y desde entonces, la mansión fantasmal, cuentan los "cuartos milenios", ha sido objeto de fenómenos paranormales, ya saben, gritos y susurros pero sin Bergman.



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jueves, 17 de junio de 2010

MARTES NEGRO (HUGO FREGONESE - 1954)


Este acercamiento al realizador argentino, mendocino por más señas, Hugo Fregonese, tiene todas las trazas de convertirse en el inicio de una gran amistad. Por lo visto (Martes negro) y especialmente por lo leído, mi interés por su filmografía se ha incrementado exponencialmente. Sus trabajos con la MGM y especialmente con la Universal están demandando a gritos una revisión por mi parte y queda anotada debidamente mi agenda.

Esperando poder contarles mis impresiones respecto de trabajos como Soplo Salvaje, Apache Drums o de sus películas rodadas en Europa (incluida España), generalmente series B, mi bautismo de fuego Fregonese ha tenido lugar con Black tuesday, film incluido en la categoría de películas de cine negro y cuyo principal activo es la presencia de un auténtico especialista en el género como es Edward G. Robinson. No tanto el Robinson de Perversidad como el de Cayo Largo o especialmente el de Little Caesar ( película que debo revisar sin demora), es decir en esa línea dura gangsteril del que fue uno de sus interpretes destacados junto con James Cagney (White Heat).

Black tuesday es un film serie B cuyo principal activo es la violencia y donde Edward G. Robinson encarna a un mafioso sin escrúpulos y dispuesto a todo con tal de eludir la silla eléctrica y hacerse con el botín escondido por otro compañero de fatigas carcelarias. Dentro de su previsibilidad, el film mantiene el interés dentro de unos límites aceptables, especialmente durante su primera mitad, aquella en que se está gestando la fuga, para decaer después hacia un final tan duro como inevitable que sobresale especialmente por su clima claustrofóbico y por algunos detalles de desequilibrios psicológicos, tales como la afición de Canelli (Robinson) a desmontar juguetes mecánicos.

He leído comentarios que sitúan a Fregonese en la línea Jacques Tourneur. Seguramente el cine de género, independiente y serie B permita enlazar de algún modo ambos cineastas. Sin embargo Tourneur me parece mucho Tourneur.

Lo dicho, trataré de ampliar horizontes sobre este realizador argentino, antecesor, con su "Pampa Bárbara" de la famosísima obra de W. Wellman, Caravana de mujeres, para hablar con auténtica propiedad. Seguiremos informando.

Un apunte final: Teniendo en cuenta los muchos lectores de este blog que se acercan desde Latinoamérica, es un auténtico placer "descubrir" (disculpen mis ignorancias cinéfilas) a un figura señera del cine de un país hermano como Argentina quien, como pasaba en la mayoría de países, debió forjarse allí donde se creaban los sueños, es decir Hollywood, pero que mantuvo su integridad y su personalidad por encima de todo.



lunes, 14 de junio de 2010

EL HIDALGO DE LOS MARES (RAOUL WALSH - 1951)


Raoul Walsh dirige con acierto esta película de aventuras, sobre Horatio Hornblower, héroe de una saga novelística sobre la marina británica en las guerras napoleónicas, escrita por Cecil Scott Forester. El propio Forester intervino en la elaboración de un guión que conjuga batallas navales, duelos de capa y espada y un romance central, pues según Walsh :”En todas mis películas la historia gira siempre alrededor de las escenas de amor”.

Y el romance Gregory Peck – Virginia Mayo es el eje del film, tanto, que en el guión se fusionaron distintas novelas para conseguir que la aventura nunca abandonase el romance. Esta sensación de historias "cosidas" queda patente cuando en Portsmouth, la pareja debe separarse para desconsuelo de los aficionados a los "happy ends". Pero no. Una nueva aventura y nuevas dosis de caprichoso azar y “tutti contenti”. No se confundan, la película es muy buena, las batallas navales son de lo mejor que he visto en cine, incluso y a pesar de los 53 años de diferencia entre una y otra, superior a Command and Conquer (basada en otro personaje novelesco, Jack Aubrey), pero el añadido se percibe con claridad, incluso para quienes desconocíamos la saga de Mr. Forester.


Y aquí, trompetas, clarines, fanfarrias y todo lo demás para Gregory Peck. No afirmo que sea su mejor papel. Discutiría entre su capitán Ahab (Moby Dick) y Atticus Finch (Matar a un ruiseñor). Pero si hay un artista al que el traje marinero le venga como anillo al dedo ese es Peck. No solo por la percha, sino porque, como los toreros, templa y manda. Cuando reprende a un oficial por infringir azotes a un marinero, sin apenas palabras, el espectador sabe con quién se juega los cuartos. Su fiero caparazón no es tal y a lo largo de la película se irá resquebrajando, a lo que no será ajena Lady Bárbara Wellesley (Virgina Mayo). Vemos a un miembro de la tripulación sorprendido de que el capitán recuerde su nombre, al propio capitán azorado por las palabras de Bárbara y otros muchos detalles donde el león pierde su fiereza. En esta mezcla de picaresca y solemnes seriedades Peck se mueve como pez en el agua, nunca mejor dicho.


La elección de Virginia Mayo tuvo ciertas críticas pero el resultado es excelente. No aporta la pomposidad de la nobleza que, probablemente, otras actrices hubiesen aportado pero da lo que se espera de ella, naturalidad y simpatía a los ojos del público, sin lo que no puede imaginarse una historia amorosa que cale en el espectador.


Curiosos los tipismos. Los españoles representados por un impresentable dictador que se apoda El supremo. El término galáctico no se había acuñado aún. Los franceses en su rol de perdedores tampoco salen bien parados. Los ingleses, evidentemente los buenos de la película.


Con una fotografía excelente de Guy Green (Oscar por Great Expectations de David Lean) y unas maquetaciones y efectos de batallas, increíbles, Raoul Walsh a sus 64 años volvía a demostrar que estaba en la cima del mundo cinematográfico.


sábado, 12 de junio de 2010

EL GRAN COMBATE (JOHN FORD - 1964)


Sí. Ya lo sé. Las localizaciones son erróneas. Los cheyennes, cuentan las crónicas, estaban confinados en Oklahoma y no debían atravesar Monumental Valley (Utah) para regresar a sus tierras. Pero, Monumental Valley es una hermosura como escenario. ¿La fotografía en color de William H. Clotter nominada al Oscar? Cantado. Y de no haber sido por Cukor y su My Fair Lady, que era mucho toro que lidiar, premio seguro. Porque al buen hacer de Clotter se le unía ese ojo mágico de John Ford que aún con 69 años entre sus párpados tenía una cámara en lugar del globo retiniano.

Si esto fuese un documental del Canal Historia pues me indignaría muchísimo estos cambios de entorno, pero cuando de un western y del genio Ford se trata, lo agradezco y me maravillo ante ese plano, o secuencia, o como se llame, de los militares lanzados al galope sobre las arenas desérticas y bajo un sol de justicia. Yo lo llamo: Belleza plástica.

Y puestos a hablar de justicia, chapeau por Ford quien, con el exilio de los Cheyenne, revindicó la figura de todos los indios. Y si esa reivindicación pasaba por deteriorar la imagen del hombre blanco, pues no pasa nada. El público es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que en todos los tiempos hubieron canallas de todos los colores de piel. Por lo general, en cine, los asesinos impíos y detestables son los pieles rojas, pero Ford, por eso (y otras cosas) era un maestro, puso su cámara en el extremo opuesto.

Excelente Richard Widmark. Discrepo de quienes lo comparan con John Wayne, aunque no dejo de reconocer que es una comparación inevitable. Bien Carroll Baker. Respecto a James Stewart resulta curiosa su presencia. Junto a otros dos grandes: John Carradine y Arthur Kennedy ocupan lo que podría denominarse el intermedio del film. O sea que Ford no dejaba ni a los caballeros acercarse al aseo ni a las damas a la toilette.

No es una obra perfecta. Tiene sus gazapillos, digámoslo así. Por ejemplo ¿Cómo pudieron encerrar a medio centenar de indios en barracones cerrados a cal y canto sin registrarles previamente y quitarles las armas? Se lo perdonamos porque es Ford y porque la película es maravillosa con momentos notables. Esa estoica formación inicial de los indios con su jefe a punto de desplomarse es una secuencia mágica de un cine mágico, el de un John Ford que mimaba cada plano con la meticulosidad de un orfebre.

En una ocasión tuvo al personal preparado y de pie durante más de tres horas esperando que la longitud de las sombras fuese la adecuada. Y es que la genialidad no es un don que se reparte caprichosamente al primero que pasa por ahí. No. La genialidad hay que currársela.

martes, 8 de junio de 2010

KRAKATOA, AL ESTE DE JAVA (BERNARD L. KOWALSKI - 1969)


Lo de Krakatoa al Este de Java tiene fácil arreglo. Se coge el mapa, se la da la vuelta convenientemente y ya la tenemos al Oeste como debe ser. Corregir lo demás resulta algo más peliagudo y difícil.

Y es que la película no es mala ni es peor (como algunos pensarán). Es un quiero y no puedo. O un no sé, que todavía es más culpable. Kowalski se agarra a un cine catastrofista naciente y a unos buenos efectos visuales que serán nominados a los Oscar, para envolver como si de papel de regalo se tratase un film donde las coherencias internas brillan por su ausencia. Las catástrofes naturales no están necesariamente reñidas con las aventuras inconfesables. Los caza tesoros de los Mares del Sur pueden sufrir erupciones, mareas, tifones, tsunamis y hasta tormentas de arena si el guionista se lo sabe montar, dejando a los espectadores con la baba caída, pero juntar a un grupito trapisonda de tal calibre es demasiado hasta para los espectadores más crédulos y con las tragaderas más holgadas.


Y así nos encontramos un buzo profesional con el certificado de caducidad sobrepasado ampliamente y mal sobreviviendo a base de láudano. A su amiguita, “fiestas, canciones y distracciones varias” ofreciendo numeritos musicales con striptease incluido. A un preso ajeno al cotarro en una especie de libertad bajo palabra, campando a sus anchas por cubierta y evidentemente enterándose del negocio que se llevan entre manos los componentes del susodicho circo Trapisonda. A una pareja, padre e hijo, exploradores en globo aerostático que para una vez que lo utilizan se escacharra y a punto están de acabar en el interior del volcán. ¡Ah! Y el hijo (Sal Mineo) se llama Leoncavallo. ¿Será un animal mitológico?. A todo ello, la presunta viudita de buen ver conocedora de la existencia de una fortuna en perlas en el barco hundido ha sufrido un proceso de insania mental y presenta dudas razonables sobre si lo sabe o lo imagina. Además junto con perlas y marido ha perdido un hijo lo cual es grave, melodramático, favorecedor de la lágrima fácil y un directo al corazón del espectador si se le coge algo distraído.


Maximilian Schell, buen actor y competente no consigue, a pesar de su talento artístico dar coherencia a esto. Al contrario, verlo con una manguera de agua a presión echar por la borda a treinta facinerosos dispuestos a todo resulta lo mismo de creíble que las historietas de El Capitán Trueno, El Jabato y el sargento Gorila, todos juntos.


Antes afirmaba que no es mala ni peor. Lo digo, con cierta generosidad, por tres aspectos: Un inicio prometedor. Unos efectos especiales logrados y una fotografía donde se confunden los rojos lava con los azules océano y eso resulta bello y atractivo en formato pantalla grande. Y por último por un desarrollo final donde la tragedia viene a poner las cosas en su sitio y al sentido común donde siempre debió estar, ello junto a unos espectaculares FX del tsunami sobre las islas y el buque.


Regulín, regulan…



domingo, 6 de junio de 2010

LA MUERTE TENÍA UN PRECIO (SERGIO LEONE - 1965)




Mis críticas cinematográficas suelen ser poco académicas. Hablo de cine desde la marca indeleble o volátil que las películas dejan en mi, sin importarme demasiado si los presupuestos son A, B o Z o si las calificaciones previas de los verdaderos expertos han resultado favorables o no al film en cuestión.

Afincado en Almería desde hace muchos años es inevitable que en este comentario los sentimientos se mezclen en mayor medida. Y junto a los sentimientos, el conocimiento de una tierra hermosa en sus contrastes. Y ese Desierto de Tabernas retando a un duelo al sol a cualquier desierto norteamericano era inevitable que acabase siendo el impagable escenario de un western, espagueti por su director, pero almeriense de pura cepa por su paisaje, donde la belleza de sus puestas de sol consigue refrescar las gargantas secas de los viajeros curiosos que se acercan a sus mini Hollywood y a sus poblados Leone.

Dicho esto (nobleza obliga) afirmo que La muerte tenía un precio es un western excepcional de un director que engarza la historia en los gestos y en las miradas, en los dilatados silencios y en las palabras justas. Un western donde el mero hecho de encender una cerilla significa toda una declaración de intenciones, donde el carillón de dos relojes nos relata la historia de una venganza. Por último, un western donde las palabras sobran, porque no hacen falta, porque somos listos y lo entendemos todo y especialmente porque sin palabras se escucha mejor una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos. Ennio Morricone. Chapeau.

La conjunción Leone-Morricone nos depara uno de los momentos cumbres del cine. Las actuaciones de Lee Van Cleef, Clint Eastwood y Gian María Volonté, también. Almería pone ese perfil irrepetible entre la tierra y el cielo ...

Y la historia, desde su simplicidad nos regala un final inolvidable, de esos que, sin darte cuenta te dejan en el filo del sillón y con la espalda recta.




sábado, 5 de junio de 2010

PREMIO AMADO BLOG




Realmente ando algo "descolocao". Siempre me gustó el cine, con la prosa e incluso con el verso no me llevado nunca mal, la ciencia siempre me apasionó e Internet me tiene ganado para su causa. De ahí a crear un blog de cine solo iba un paso y lo di. Así nació Con el cine en los talones, un blog que pretendía ser ese igloo-refugio donde dejar impresas, negro sobre blanco, esas sensaciones personalísimas que me produce la visión de una película, sin demasiados academicismos, sin la ortodoxia de las críticas al uso, pero con la autenticidad de quien dice lo que piensa.

Desde el principio la puerta de ese igloo estuvo abierta para todos aquellos que desearan compartir conmigo cualquiera de esos momentos irrepetibles que nos regala el cine. Su presencia ha sido siempre un tremendo estímulo y un gran acicate para hacer las cosas cada vez mejor.

Pero hoy, 5 de Junio de 2010, ando "descolocao". Nunca pensé que lo que nació como una afición, desde la soledad del cinéfilo de fondo, pudiera obtener el reconocimiento público y aún estoy pellizcándome y frotándome los ojos por ese Diploma al mejor Blog de Cine Mayo 2010 concedido por Amado Blog. Y con toda la sinceridad de que soy capaz les digo que ni el Oscar mas anhelado puede superar el orgullo que siento por un trabajo que siempre he intentado hacer con honestidad y autenticidad.

Gracias a Amado Blog por este premio y a todos ustedes por estar ahí. Desde luego, el premio supondrá más trabajo y el firme propósito de seguir tratando de hacer las cosas bien.

viernes, 4 de junio de 2010

LA INDOMITA Y EL MILLONARIO (RICHARD QUINE - 1959)


Una película con Doris Day y Jack Lemmon. Transparente y en botella: Comedia. Rica, rica y sin demasiados fundamentos. De nuevo la línea Capra al poder, pero sin Capra, que es lo peor. Las virtudes de Richard Quine siendo buenas no son las de Frank y Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington) solo hay uno.

Porque no hay que ser un especialista en mensajes cinematográficos subliminales y profundos para darse cuenta de que La Indómita y el millonario es un alegato en contra del pisoteo descarado y con recochineo de los derechos individuales por parte de los grandes monstruos empresariales. Porque miren ustedes, aunque el pez grande se coma la langosta chica, lo menos que puede exigírsele es que se lo coma con educación, o sea con absoluto respeto a la legalidad vigente y a los pocos derechos que asisten a los crustáceos. Este es el quid de un film donde el empresario de ferrocarriles Malone, “el hombre más malo del mundo”, pisotea e intenta aplastar con el peso de su brutalidad, a Jane “la mujer langosta”, empresaria suministradora de estos apreciados animalitos a las mesas de hoteles, restaurantes y otros centros de la “jet”.

La lucha de David contra Goliath siempre ha suscitado expectación. La gente de la calle y el cuarto poder toman rápidamente partido a favor del débil cuando el gigante de turno además de gigantesco es un impresentable de tomo y lomo. Y claro, en los años 50 lo mismo que ahora, los periódicos, la radio y la TV buscan carnaza y se manejan al filo de la noticia lo cual es inconveniente para quienes hacen de la ilegalidad y el trapicheo su residencia permanente. Por consiguiente, como no podía ser de otro modo, las presiones populares y mediáticas, obran el milagrito capriano y el tal Malone acaba presentando instancia para bendiciones divinas.

Con la consiguiente historia de amor, blanca de día y requeteblanca de noche, apropiadísima para toda la familia unida frente al televisor, la película cumple, que no convence. Jack Lemmon y Doris Day son dos excepcionales actores. Es difícil que una película donde ellos intervengan sea solemnemente mala, pero algunas se quedan en entretenidas moralinas sin apenas chicha ni limoná. La línea Capra, “far, far away”