domingo, 20 de abril de 2014

AL ANOCHECER (CLAUDE CHABROL - 1971)



 
De tanto en tanto uno necesita reconciliarse con el cine. Nuestra relación con el arte de la pantalla grande se forja a base de encuentros y desencuentros, de maravillosas sorpresas y de expectativas rotas. ¡Cuántas veces nos hemos sentido defraudados después de más o menos dos horas removiéndonos en el asiento y mirando el reloj¡ ¡Cuántas otras el tiempo ha parecido evaporarse y nosotros con él, absortos en una trama, hechizados por una fotografía, elevados por una música o subyugados por intérpretes maravillosos!

En este ying y yang del cine hoy toca hablar de una obra maestra. ¡Magistral, en la medida que no está catalogada (craso error) como una de esas que hay que ver imprescindiblemente antes del “to died”. Una película que está entre las sombras como sugiere su nombre: “Al anochecer”. Un film de Claude Chabrol que, si no lo estuviese ya bastante tras El carnicero, me acaba de ganar para su causa y donde marca además una distancia considerable con un Hitchcock con el que se le comparó en ocasiones.

Porque en “Al atardecer” no hay suspense. El “pescao” quedó vendido desde una inolvidable primera escena donde la libido, la sensualidad y el sexo se entremezclan con el silencio, despertando la voz de una conciencia que a lo largo de la película gritará cada vez más fuerte. Y no puede haber suspense porque en cualquier momento los espectadores somos capaces de vaticinar lo que va a ocurrir con un grado de acierto del cien por cien. Nuestro pleno al quince no es fruto de nuestras propias experiencias, ni de encontrarnos ante situaciones comunes en la vida ordinaria de las personas. No. Gracias sean dadas a Dios por ello, el asesinato no supera al paro, la crisis y la corrupción política en nuestras preocupaciones, así que no podemos presumir de expertos y profesionales. Pero Chabrol nos coge de la mano y no nos suelta durante toda la proyección y con una sutileza digna de elogio nos hace empatizar con Charles Masson (Michel Bouquet) el amante asesino confeso ante nuestros ojos pero inconfeso para la sociedad. Y empatizamos tanto que somos capaces de anticipar todos sus movimientos probablemente porque nos hemos metido tanto en el rol que los nuestros serían idénticos.

En “Le Boucher” (El carnicero) Chabrol nos transmitía la cotidianeidad del asesinato. Aquí refuerza la idea añadíendo una vuelta de tuerca: La integración del asesinato en el entorno de la familia y de los amigos. La posibilidad de continuar con una apacible vida burguesa después de haber oxigenado la conciencia compartiendo el delito con las personas más allegadas. Sin embargo, en la línea de “Crimen y castigo” de Dostoievsky, el oxigeno resulta insuficiente, las noches se pueblan de fantasmas y de recuerdos. La culpa pide expiación, el alma, o lo que sea, serenidad. Y así llegamos a un final que, reconozco, es lo único que no he sido capaz de predecir.


Dos actuaciones geniales y contundentes. Los dos amigos Charles y François (François Perier), especialmente el primero, quien nos regala un muestrario de sentimientos, de fuerzas contenidas que luchan para sobrevivir en el interior pero que acaban claudicando como no puede ser de otro modo. En cada gesto de Charles se percibe la gran debilidad de un ser humano en un trance así, su debilidad, su vergüenza, su miedo, su necesidad de ser juzgado…

Y hablando de juzgar, mi juicio por todo lo expuesto lo valoro con un:

Puntuación: 10.00

(siendo indiferente si es o no la mejor película de su director)