jueves, 29 de octubre de 2020

DER HERRSCHER (VEIT HARLAN, 1937)

                                                     


Der Herrscher, que podríamos traducir como "El soberano" es un exponente del cine nacionalsocialista alemán. Basada muy someramente en "Vor Sonnenaufgang"  ("Antes del amanecer")obra del escritor polaco Gerhart Hauptmann, galardonado en 1912 con el Nobel de Literatura, así como en temas del alemán Harald Bratt, la película realmente toma forma de la pluma de Thea von Harbou, ex mujer de Fritz Lang y guionista de muchos trabajos de inequívoca ideología nacionalsocialista, y lo hace incorporando a los textos originales motivos y situaciones sustancialmente distintas, con la más que evidente finalidad de contribuir propagandísticamente a la exaltación del régimen nazi y exponer ante los espectadores la política del Fuhrerprinzip, siendo el film una clara alegoría de Adolf Hitler ("Quién nació para ser un líder no necesita ningún maestro más que su propio genio").
 
Es difícil abstraerse de todas estas connotaciones políticas y propagandísticas que no solo rodean la película sino que reescriben la propia idea literaria original. El conocimiento de la realidad histórica del siglo XX tiene un efecto contaminante en nuestra apreciación de los acontecimientos que suceden en el film y que, en lo fundamental, poco o nada tienen que ver con ideologías totalitarias o no, sino con la esencias mas miserables de la condición humana. El egoísmo, la avaricia y las ambiciones más enfermizas son los verdaderos protagonistas de esta película de Veit Harlan, uno de los principales directores del cine de propaganda nazi, tan comprometido con el régimen que incluso al final de la contienda se llegó a sentar en el banquillo acusado de crímenes de guerra.
 
Matthias Clausen (Emil Jannings), un industrial alemán forjador de un gran imperio siderúrgico acaba de perder a su esposa tras una larga enfermedad (la película se inicia con la familia y allegados escuchando bajo la lluvia el inacabable panegírico por la difunta). Al reincorporarse a su actividad empresarial después de mucho tiempo Clausen comprueba que los directivos de la sociedad, influenciados por la figura de Eric Klamroth, su yerno, han efectuado sustanciales modificaciones en las actividades, contrarias a los principios que crearon la empresa. Así, el desarrollo de la investigación ha sido frenado en seco por sus altos costes derivándose sus recursos a incrementar los sueldos directivos. La llegada del magnate pone de nuevo las cosas en su sitio tras una tensa escena que deja "tocada" su salud ya de por si maltrecha. La aparición de Inken Peters (Marianne Hoppe), su nueva secretaria, supondrá un antes y un después en la vida del viudo y convulsionará a una familia temerosa de perder sus privilegios, patrimonio y riquezas presentes y futuras, y que no dudará en llegar hasta las últimas y más ruines consecuencias para matar la naciente relación sentimental.
 
Este argumento, del que solo he extractado unas leves pinceladas tiene un carácter universal. Estas cosas pasan en la Alemania del 37 como en la España del 2020 (quizás aquí un poco menos porque nuestro tejido industrial no pasa por su mejor momento) y "per se" no enmascaran otros propósitos aparte de las inconfesables intenciones de una colección humana a la que Clausen en uno de los momentos cumbres del film califica como: "Mi mujer dio a luz a perros, gatos, zorros, lobos" "Durante décadas se han quedado en mi casa en forma de niños, y me han lamido las manos y los pies" "Y de repente me destrozan con sus dientes..." Todo ello bajo un cuadro acuchillado... Un instante genial de un Jannings inmenso, de un melodrama alemán, real y bien construido. Y ahora, si me siguen leyendo, hablaremos de las sombras que van de la mano de la luz, del yang del ying, de la noche que envuelve al día. Y aquí aparecerá Tea von Harbou, Goebbels, y el cine propaganda de Harlan, incluso del mismo Emil Jannings obligado a abandonar el cine americano por hablar con acento alemán a la llegada del sonoro y que no renuncia a trabajar en una Alemania en plena ebullición ideológica, social y política. 
 
Y por momentos se nos aparece el recuerdo de aquellas inmensas plazas cuajadas de banderas del Reich y aquellos estrados desde donde voces enardecidas .enardeciendo a las masas proclaman cosas como estas que escuchamos o leemos en subtítulos como epílogo: " Cedo la fábrica que he creado, después de mi muerte, al Estado. O sea, a la comunidad del pueblo. Estoy seguro de que entre las filas de mis trabajadores y de mis empleados que me han ayudado a construir la fábrica, surgirá el hombre que está llamado a continuar mi trabajo. Tanto si viene de los hornos o del tablero de dibujo, del laboratorio o del taller, quiero enseñarle lo poco que un hombre que está a punto de marcharse puede enseñar a otro..." Un discurso en un último suspiro figurado, cuando la película agoniza y los mensajes se fijan más intensamente en el crisol donde se forjan las ideas. Nada es azar, todo esta pesado, medido y estudiado. Los espectadores abandonando los teatros y las salas de proyección sintiéndose una comunidad del pueblo. Un Estado que detenta el poder y lo ejerce mediante ese hombre que ha sido llamado y elegido. Una verdadera jugada maestra del marketing y la manipulación. Una más en los avatares de una historia siempre moldeada al antojo de unos pocos.
 
Es difícil valorar el film. Admiramos el contenido pero se nos atraviesan los "adornos". ¿Aplaudimos al Jannings que fue Matthias Clausen o al que tuvo que estrechar la mano del führer?. Siempre he dicho que el cine es un todo, dirección, actores, fotografía, música y por supuesto el argumento, pero en este caso tenemos un invitado y no de piedra precisamente: La propaganda fascista. Me niego a dejar que la cizaña ensucie un duro y excelente melodrama, real como la vida misma y quizás no tan exagerado como pensamos. Así que haré como en esas emisiones televisivas de cine sin cortes y extractaré en lo posible toda la publicidad engañosa de coloridos mundos felices para conseguir, tal vez, una valoración lo más aséptica y justa posible.
 
Puntuación: 8,00