sábado, 29 de agosto de 2020

THE RED DANCE (RAOUL WALSH - 1928)

 


 

Como un anticipo de lo que serían las 500 millas de Daytona, los estudios hollywoodienses calentaron motores a finales de los años 20 para enfrentarse entre si en una carrera cuyo premio, en forma de beneficios en taquilla, lo otorgaba el espectador. Así entre otras escuderías se encontraron en la parrilla de salida productoras como Metro Goldwyn Mayer, Paramount, Universal o Fox, que tras el banderazo inicial se pusieron en marcha a toda velocidad para llevar al público americano y mundial historias cinematográficas gestadas en el contexto de la Revolución bolchevique de 1917 y cuyo “exotismo” resultaba atrayente para las masas. Lógicamente escribo el término exotismo con muchas reservas porque a una contienda donde las calles se convierten en ríos de sangre sea del color que sea, puede calificarse de muchas maneras pero lo de “exótico” tiene un aire de frivolidad inadecuado.

Las alturas del podio fueron para The last command (Josef von Sternberg, Paramount, 1928) y en cuanto al resto del cajón seguramente la cosa estaría más reñida, aunque mi voto, para el segundo puesto, se lo otorgo a The cossacks (George W. Hill, MGM, 1928). De Surrender (Edward Sloman, Universal, 1927) no puedo opinar, únicamente tratar de verla para así valorarla con justicia, y en cuanto a la Fox con esta película de Raoul Walsh lamento tener que decir que en mi criterio debería conformarse antes con un quinto qué con un cuarto puesto, por aquello de que “no hay quinto malo”.

El entretenimiento era y es un valor, lo que sucede es que cuando decimos que una película es entretenida muchas veces se interpreta como “no da para más”. En este caso es así y lo siento, porque Raoul Walsh es un director excepcional y sus conceptos fotográficos dotan al film de una estética singular que parece suplir la ausencia de sonidos con el lenguaje de los sentimientos sutilmente filmados. Pero, soldadito marinero, “que las prisas no son buenas” y aquí se ha descuidado en exceso (siempre se hace un poco) la realidad histórica constatable y se ha forjado un guion con más licencias de las permitidas y esto, referido especialmente al país de la ortodoxia, no es de recibo. Rasputín como partícipe de la causa antizarista o los bolcheviques recurriendo a una campesina, por muy letrada y leal a la causa que resulte, para asesinar al Gran Duque Eugene (por cierto, sin referencias conocidas), parecen responder más a un intento de los guionistas por llevar el argumento al terreno de lo sentimental reforzando la historia de amor entre la campesina y el aristócrata, que a la fidelidad de los hechos acaecidos. Y aún aceptando que la concordancia perfecta no existe, las diferencias son de trazo muy grueso, llegando incluso a parecer que el alzamiento popular tenía un cierto aire de fiesta y verbena.

Algunos momentos notables, especialmente aquellos en los que interviene Ivan Linow, salvan del suspenso a una película en la que un guion precipitado y unos actores un tanto inadecuados, sobre todo Charles Farrell son obstáculos absolutamente insalvables especialmente si te juegas los cuartos frente a películas de la talla de La última orden (The last command).

Esta cinematográfica historia de amor entre el príncipe y la plebeya no dejó a Raoul Walsh especialmente contento. A pesar de ello, no puedo dejar de considerarle como uno de los grandes directores de cine de todos los tiempos.

Puntuación: 5,75

 

 

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