jueves, 3 de abril de 2008

EL SACRIFICIO DE LAS ESCLAVAS (SIRO MARCELLINI - 1963)





Aunque la mayoría de nosotros nos referimos al cine como “el séptimo arte”, no se deben perder de vista sus manifestaciones pura y duramente comerciales. El cine como negocio, donde los productores invierten su dinero únicamente para recuperarlo con creces.

Así ha sucedido en el Hollywood clásico-dorado y en la vieja y culta Europa, y lo mismo está sucediendo y sucederá en el futuro. Y eso no es jugar a las adivinanzas. Las tendencias lo preconizan, los estudios de inversión garantizan el éxito de las inversiones cinematográficas, siempre y cuando se dé al gran público lo que éste está demandando. En el fondo no es más que la ley económica de la oferta y la demanda. Y en la medida que las nuevas y recién estrenadas generaciones pueden permitirse un gasto notable en ocio cinéfilo, el producto se ajustará cada vez más a los parámetros que dicho público establece. ¿Quieren películas de jóvenes, ¡viva el sexo! y “A vivir que son dos días?. Pues las van a tener. ¿Quieren persecuciones y efectos especiales? Las van a tener. Sólo tienen que esperar a que hagamos unos rápidos estudios de intención de visionado peliculero y si son ustedes bastantes, tendrán su regalo de Reyes. ¿Qué hay quien solicita películas de esas con sentido, fondo e intríngulis? Bueno, se considerará…, que la pasta es la pasta y no está la cosa para derroches.

No dejo de reconocer que estos planteamientos míos son un tanto extremistas. En la actualidad también se hacen películas muy interesantes, con guiones excelentes y además con calidades fotográficas y técnicas que no podían alcanzarse medio siglo atrás. La diferencia está en la proporción. Hoy, de cada diez se salva una, mientras que hasta los 70 del siglo pasado el porcentaje de películas de calidad buena, excelente ó magistral era muy superior, con guiones sólidos y bien trabajados, con directores que parecían haber nacido con una cámara bajo el brazo, en lugar de un pan. Era un tiempo en que había que valer para esto. Hoy, todos valen. Pero este axioma democrático, por desgracia no es correcto, como el tiempo acaba demostrando en su dar y quitar razones.

Todo este libelo panfletario viene a cuento de una película: El sacrificio de las esclavas. Una de esas películas que solo se justifican desde el punto de vista de su exhibición en salas de barrio de los años 70 de segundo ó tercer orden, e incluso son apropiadas para colecciones kiosqueras post veraniegas de esas que te regalan el primer fascículo a 1 euro. ¿Resultan rentables? Probablemente si. Se gastaban poco en hacerlas y si además contaban con alguna subvención que otra,un circuito normalito por las salas podía garantizar cierto beneficio.

Una forma de llenar tardes aburridas ó de ocultar besos y ardores juveniles de las miradas censuradoras de los paseantes de arboledas perdidas. Para eso valían. A ellas les podía gustar ese musculoso Gordon Scoth, rey del peplum (nombre con que son conocidos estos productos histórico-“artísticos”). A ellos, las licenciosas romanas y las babilonias que marean.

¿Que mas puedo decirles? ¿Otros actores?: Probablemente ni les suenen. ¿El director? Lo mismo. El tema: Algo así como el Rey León. Usurpadores del trono y herederos con derechos. Ciro con barbita al rescate. Barbacoas en honor de la diosa Isthar. Y algunas batallitas espadas de cartón en mano. Da el pego. Es mala, pero las he visto peores… A petición popular, salvo de la quema a la sacerdotisa: Mala redomada pero de esas malas con sex-appeal, lo cual ya es algo.


 

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