domingo, 2 de agosto de 2009

COTTON CLUB (FRANCIS FORD COPPOLA - 1984)


Cuando la vi por primera vez allá a mitades de los 80 reconozco que me cautivó. Esa mezcla de jazz, claque y ruidosos 20 me pareció magistral. Pero claro, tanto para la película como para mi han pasado 25 años y había que ver como sería nuestro reencuentro. ¿Nostálgico? ¿Decepcionante?. Pues bien, les diré que, traspasadas sus puertas y sus luminosos, me sentí rejuvenecer exaltado por la trompeta de Richard Gere (con su bigotito pura línea Flynn) y los ojos de Diane Lane, los números coreográficos, las bellezas del Cotton Club y hasta por esos mafiosos un tanto ridículos como Bob Hoskins y Fred Gwynne con sus filosóficas disertaciones de W.C. El tiempo seguro que no se había detenido, pero lo parecía. Éramos dos viejos amigos que nos encontrábamos y nos reconocíamos. El Cotton Club y yo…

Podremos debatir acerca de los motivos de su fracaso comercial y del desencanto de Coppola. De tantas horas de trabajo sin apenas reconocimiento. Las razones que mueven al público a aplaudir desaforadamente una obra o a dedicar a su autor la pitada más ensordecedora nunca han estado demasiado claras. Por influir, influye la propaganda, la política y hasta acontecimientos puntuales que luego la historia olvida. Pero aquí y ahora, 2009, siglo XXI. 24 años después, Cotton Club ha logrado en mi lo que con toda seguridad su director perseguía, sumergirme en un mundo de sensaciones mezcla de vida, ambiciones, intereses, violencia y sobre todo música. Esa música de jazz que riega como un buen vino el excitante manjar nocturno del Cotton Club.


Me es imposible destacar un actor o una actriz en un elenco formidable. Todos cumplen a la perfección y ajustan su interpretación a lo que de ellos se exige como integrantes de un maravilloso ballet cinematográfico. Todo encaja y tiene su sentido en un film donde la música es tan natural como las pistolas. El empujón al Holandés que condicionará la vida de Dixie Dwyer (Gere) o el puntapié final de Sandman Williams (Hines) al revolver mafioso, entremezclan vidas que hasta entonces solo existían en el paralelismo de la música.


Esto no es El Padrino. Tampoco Corazonada. Es Cotton Club. El night club de los sueños negros para blancos. El principado de Coppola. El reino de John Barry
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