martes, 14 de julio de 2009

EL SEPTIMO CIELO (FRANK BORZAGE - 1927)


A Frank Borzage se le calificó como el poeta de la ternura y de la intimidad amorosa en los films interpretados por Janet Gaynor y Charles Farell. Esta era la pareja de moda por aquellos años, interpretando juntos Lucky Star (Borzage, 1929), Street Angel (Borzage, 1928) o The man who came back (Raoul Walsh,1931) entre otras y especialmente El séptimo cielo.

Viendo El séptimo cielo podemos comprender fácilmente el porqué de tal calificativo. La película es un "in-crescendo" de ternura y al mismo tiempo que Chico (Farell) asciende de las pestilentes alcantarillas a una superficie no menos sórdida, asciende en sensibilidad y su aparente dureza se hace añicos frente a la fragilidad de una Janet Gaynor magistral.

Janet Gaynor es parada obligada. Cuando un día no muy lejano me descubrí ante Murnau para agradecerle aquel Amanecer maravilloso, pequé, no por pensamiento ni por palabra y mucho menos por obra, sino por omisión. Y omitir a una actriz que ganó el Oscar a la mejor actriz por 3 películas es pecado mortal. Y como esta película tiene sus moralinas religiosas en forma de deudas divinas completamente saldadas y medallas salvadoras, pues viene como anillo al dedo de mi arrepentimiento. Y en penitencia (agradabilísima) quedo obligado a visionar cuantos trabajos se pongan a tiro de esa cinematográfica diva de expresivos ojos tiernos.

El film, como buen film silente, tiene diversas lecturas. Una principal, la historia de un amor tierno, de esos que probablemente murieron con las viejas pantallas, los viejos cines y las viejas películas eternamente nuevas. Historias de amor donde olvidarse de crisis y desamores varios. Por ello no resulta nada extraña la popularidad de una amante pareja cinematográfica. Las otras lecturas dependen del espectador avispado, del que lee entre líneas, del que siente entre musicales silencios e imprescindibles textos. Ahí están la capacidad de superación de Diana por la fuerza del amor, la fidelidad sin límites, la esperanza hasta en los instantes más desesperanzadores...

El ascenso desde las alcantarillas hasta la superficie de las calles de un París algo más desfigurado que de costumbre (lo cual no convenció a los franceses) no es el único. Hay otro. Personal e íntimo. Fruto de la tranquilidad emocional y del amor. El ascenso al Séptimo cielo.