miércoles, 15 de julio de 2009

FITZCARRALDO (WERNER HERZOG - 1982)


Lo más impactante de Fitzcarraldo es que la historia sucedió de verdad. Ahora bien, su protagonista real, también irlandés, tuvo la razonable idea de desmontar la embarcación. Pero no. Faraónico Herzog la transporta a base de cabrestantes, poleas, cuerdas, y humana fuerza bruta por encima de la colina. ¿Pensaría en él Paul McCartney cuando compuso The fool on the hill?. Sin efectos especiales ni nada que se le parezca, a base de indígenas de la selva amazónica. La única concesión que hizo a la seguridad naval fue en el rodaje de la escena de los rápidos, porque no era cuestión de echar cataratas abajo cuatro años de rodaje.

Inicialmente pensada para Jason Robards acabó siendo protagonizada por otro "loco" insigne Klaus Kinski "cólera de Dios". Y aunque también se barajó la idea Jack Nicholson, hay que decir que Kinski está genial en un papel como anillo al dedo. El de un melómano megalómano, cuyo delirante sueño es construir un gran teatro de la Ópera en Iquitos para ser inaugurado por el gran Enrico Caruso, su ídolo. Junto a Kinski y sus locuras, la belleza madura de una Claudia Cardinale en un papel más breve de lo que hubiésemos deseado pero que se agradece. Y es que, entre tantas fealdades, la italiana luce mejor. Luce al nivel de unas localizaciones exuberantes y vitales, perfectamente fotografiadas.

Fitzcarraldo está como a medio camino entre el "elogio de la locura" y aquello de "la fe mueve montañas". Pero hay que reconocer que ese es su sitio natural. Ni está loco ni todo se consigue a base de fe, que también hacen falta recursos humanos, materiales y económicos. Es un hombre en pos de un sueño. Un sueño ¿Imposible? No. Probablemente difícil, trabajoso, descabellado, faraónico, titánico. Pero no imposible. Nadie escribió nada de los cobardes. Claro que, nadie sabía nada de los "anciennes dieux", de las insaciables criaturas divinas que gobiernan los rápidos del Amazonas. Solo ellos, los indígenas con sus miedos atávicos, su precaria existencia y sus cultos idólatras.

Una soga que se corta, un barco que se desliza tras una noche de borracheras y un sueño roto. Queda el faraón, un sillón de terciopelo rojo y Caruso sobre el agua...