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viernes, 23 de octubre de 2020

THE LAUGHING POLICEMAN (STUART ROSENBERG, 1973)

 
 
The laughting policeman es una amigable figura popular británica a la par que una canción cuyo estribillo es una continua y estruendosa carcajada. Es evidente que la relación con el inspector Jack Martin (Walter Matthau) es completamente nula, tanto es así que la sonrisa final (por la feliz resolución del caso) fue rechazada a dúo, tanto por Matthau como por Rosenberg. Bien mirado hubiera resultado una "boutade", algo pretendidamente ingenioso destinado a impresionar, lo cual sin duda habría conseguido pues una sonrisa de Matthau hubiese dejado a los espectadores sin capacidad de reacción.

Estamos ante una película de los 70 ambientada al parecer con bastante verosimilitud en la ciudad de San Francisco, lo cual no deja de tener cierto mérito si tenemos en cuenta que la obra de la que parte fue escrita por una pareja sueca: Per Wahlöö y Maj Sjöwall y formaba parte de una serie de diez novelas sobre el detective Martin Beck cuyo centro operacional era Estocolmo. Cambiemos Martin Beck por Jack Martin y el clima nórdico por la templanza californiana y estaremos reconstruyendo siquiera parcialmente esta "San Francisco, ciudad desnuda" aunque los personajes, las situaciones y sobre todo la delincuencia en sus múltiples formas, hubieron de sufrir un trabajo de adaptación importante.

El asesinato de 8 personas y el conductor, en un autobús urbano, entre ellas un policía compañero habitual de Jack Martin, supone el inicio de una investigación cuyo desarrollo, con sus aciertos y sus pasos en falso, podemos seguir al detalle. Al frente del operativo tenemos a Jack Martin y junto a él a su nuevo compañero Leo Larsen (Bruce Dern), dos caracteres radicalmente opuestos, actores de un juego poli malo-poli bueno, en este caso más natural que fingido. Abro un simulado paréntesis para recoger el agradecimiento que tuvo siempre Dern hacia Matthau por haberle escogido expresamente para el papel, cierro paréntesis. Martin, Larsen y su equipo, investigan la identidad, vida y milagros de los fallecidos, incluso la declaración in "artículo mortis" de uno de ellos, "peinan" las calles, antros y garitos. Abren, a nuestros ojos de espectadores privilegiados, la investigación del mundo del porno, de la homosexualidad y de la droga, incluso el de las transacciones entre los delincuentes y las fuerzas de la ley donde acaba primando el interés policial por el delito más grave, en este caso el asesinato de un compañero.

Un exhaustivo estudio de los procedimientos policiales en el que participamos desde un lugar privilegiadamente tranquilo sin que nadie finja acordarse de nosotros y complementar lo que observamos con una tesis doctoral explicativa. Se nos reconoce nuestra madurez para pensar y extraer conclusiones por nosotros mismos. Queda acreditada nuestra capacidad para extraer el trigo de la paja, aunque a fuer de ser sinceros se ha recogido más paja de la conveniente y nuestra visión corre el riesgo de acabar nublada y polvorienta. Y es que, por mucho que Rosenberg valore nuestras habilidades, la realidad es que nos faltan muchas horas de patrullar calles y comernos muchos marrones. Por eso, no considero ninguna deshonra el haberme perdido en unas cuantas ocasiones y pulsar repetidamente el REW para retomar un hilo que se esfumaba peligrosamente. 

El título británico para este film fue el muy descriptivo y ajustado a la realidad " An investigation of Murder", una investigación que acaba desnudando como declara el título hispano un San Francisco multiracial, oscuro y diverso, con sus calles empinadas y sus personajes siempre un paso más allá de las fronteras de la ley. Una película-documento donde la realidad se impone a la ficción y donde nada parece impostado. Y aunque es cierto que las ciudades cambian, todas tienen su aroma especial, y esta tiene el  sabor genuino y americano de los 70. Un aroma que la magia del cine consiguió hacer llegar hasta nuestros sentidos. Ciertamente Estocolmo quedaba muy lejos...
 
Puntuación: 7,15 

 

domingo, 20 de abril de 2014

AL ANOCHECER (CLAUDE CHABROL - 1971)





 
De tanto en tanto uno necesita reconciliarse con el cine. Nuestra relación con el arte de la pantalla grande se forja a base de encuentros y desencuentros, de maravillosas sorpresas y de expectativas rotas. ¡Cuántas veces nos hemos sentido defraudados después de más o menos dos horas removiéndonos en el asiento y mirando el reloj¡ ¡Cuántas otras el tiempo ha parecido evaporarse y nosotros con él, absortos en una trama, hechizados por una fotografía, elevados por una música o subyugados por intérpretes maravillosos!

En este ying y yang del cine hoy toca hablar de una obra maestra. ¡Magistral, en la medida que no está catalogada (craso error) como una de esas que hay que ver imprescindiblemente antes del “to died”. Una película que está entre las sombras como sugiere su nombre: “Al anochecer”. Un film de Claude Chabrol que, si no lo estuviese ya bastante tras El carnicero, me acaba de ganar para su causa y donde marca además una distancia considerable con un Hitchcock con el que se le comparó en ocasiones.

Porque en “Al anochecer” no hay suspense. El “pescao” quedó vendido desde una inolvidable primera escena donde la libido, la sensualidad y el sexo se entremezclan con el silencio, despertando la voz de una conciencia que a lo largo de la película gritará cada vez más fuerte. Y no puede haber suspense porque en cualquier momento los espectadores somos capaces de vaticinar lo que va a ocurrir con un grado de acierto del cien por cien. Nuestro pleno al quince no es fruto de nuestras propias experiencias, ni de encontrarnos ante situaciones comunes en la vida ordinaria de las personas. No. Gracias sean dadas a Dios por ello, el asesinato no supera al paro, la crisis y la corrupción política en nuestras preocupaciones, así que no podemos presumir de expertos y profesionales. Pero Chabrol nos coge de la mano y no nos suelta durante toda la proyección y con una sutileza digna de elogio nos hace empatizar con Charles Masson (Michel Bouquet) el amante asesino confeso ante nuestros ojos pero inconfeso para la sociedad. Y empatizamos tanto que somos capaces de anticipar todos sus movimientos probablemente porque nos hemos metido tanto en el rol que los nuestros serían idénticos.

En “Le Boucher” (El carnicero) Chabrol nos transmitía la cotidianeidad del asesinato. Aquí refuerza la idea añadíendo una vuelta de tuerca: La integración del asesinato en el entorno de la familia y de los amigos. La posibilidad de continuar con una apacible vida burguesa después de haber oxigenado la conciencia compartiendo el delito con las personas más allegadas. Sin embargo, en la línea de “Crimen y castigo” de Dostoievsky, el oxigeno resulta insuficiente, las noches se pueblan de fantasmas y de recuerdos. La culpa pide expiación, el alma, o lo que sea, serenidad. Y así llegamos a un final que, reconozco, es lo único que no he sido capaz de predecir.


Dos actuaciones geniales y contundentes. Los dos amigos Charles y François (François Perier), especialmente el primero, quien nos regala un muestrario de sentimientos, de fuerzas contenidas que luchan para sobrevivir en el interior pero que acaban claudicando como no puede ser de otro modo. En cada gesto de Charles se percibe la gran debilidad de un ser humano en un trance así, su debilidad, su vergüenza, su miedo, su necesidad de ser juzgado…

Y hablando de juzgar, mi juicio por todo lo expuesto lo valoro con un:

Puntuación: 10.00

(siendo indiferente si es o no la mejor película de su director)

miércoles, 29 de enero de 2014

SOL ROJO (TERENCE YOUNG - 1971 )


El spaguetti western existió más allá de Sergio Leone y como en toda viña del Señor que se precie, encontramos de todo, desde bodrios infumables solo aptos para devotos devoradores del género hasta obras de una aceptable calidad. Claro que, el concepto “aceptable” depende y mucho de la generosidad de los espectadores. Tal es el caso de Red Sun (Solo rojo) film rodado en tierras andaluzas (Granada, Almería) que cuenta con un interesante grupo de actores (Charles Bronson, Alain Delon, Ursula Andrews, Capucine y el emblema del cine del gran Akira Kurosawa: Tosiro Mifune) y cuyo planteamiento resulta a priori lo suficientemente original para captar nuestra atención.

El asalto al tren donde viaja el embajador del Japón con su escolta en visita oficial a los Estados Unidos y portando una valiosísima espada como ofrenda a su presidente es el desencadenante de una historia de caza y captura donde dos ex magníficos (Bronson y Mifune) aúnan un tanto por conveniencia sus fuerzas para encontrar al Zurdo (Delon) quien además de la katana ha traicionado a su socio llevándose todo el botín de oro que el ferrocarril transportaba.

Aunque debo confesarles una cierta animadversión por Bronson que responde más a motivos viscerales que a otra cosa, donde tal vez tenga algo que ver sus excesivamente repetitivos personajes en la línea “Yo soy la justicia”, debo ser justo o al menos hacer un intento serio y reconocer que en este trabajo responde a lo que se exige de él. Sin embargo en mi valoración de Mifune me influyen negativamente esos aires occidentalizados, no se si exigidos por el guión, pero que distorsionan su imagen de samurai por excelencia de nuestras entretelas cinematográficas, y no solo lo digo por sus habilidades para la lucha sino por los demostrados modos filosóficos de entender la existencia. Ursula Andrews, Capucine y el mismo Delón, se mueven dignamente en un segundo plano, con la notoriedad justa y los deshabillés necesarios exigidos por el guión. Mención especial para nuestra Mónica Randall quien no desentona al lado de la ex chica Bond.

Y es que Terence Young director de algún que otro film primerizo de la saga Bond, echó mano de su agenda a la hora de confeccionar el casting. Young no es un gran director pero aúna películas interesantes con fiascos notables. Últimamente he tenido ocasión de ver tanto Mayerling como El aventurero con la participación de Anthony Quinn y el resultado me ha parecido un tanto gris y desalentador. Siendo mejor el sabor de boca dejado por Red Sun tampoco es como para tirar cohetes.

El tiempo además de oro es un bien escaso y si encuentra una opción mejor en que gastarlo, cómprela...

Puntuación: 6,00


martes, 24 de julio de 2012

SILLAS DE MONTAR CALIENTES (MEL BROOKS - 1974) -





¿Qué debo pensar de una película calificada como comedia que no consigue inmutar mis músculos risorios más allá de un par de ocasiones? ¿Es una mala comedia? ¿Soy yo el espectador inadecuado?

Ciertamente,  la cuestión no es baladí, especialmente si tenemos en cuenta la opinión de críticos y de páginas web especializadas. Así, Filmsite inicia su extensa reseña de este film con estas palabras: “ The iconoclastic, not-politically-correct Blazing Saddles (1974) is one of Mel Brooks' funniest, most successful and most popular films” Y mi risorio sin moverse: ¿Que me pasa doctor?

Igual que digo una cosa digo la otra. Así en Filmaffinity se lee” Brooks, rey de la parodia hasta la llegada de Nielsen, se ríe de los westerns clásicos. Algún buen golpe no la redime de su flojera" (Javier Ocaña: Cinemanía)” Gracias sean dadas a Javier Ocaña por haberme reconciliado conmigo mismo y comprobar que no soy la única voz que clama en el desierto. Cuando menos seremos dos en la visita al especialista por lo que, probablemente, nos haga alguna rebajita en estos tiempos de crisis y recortes.

De todas formas, y pidiéndoles disculpas por esta inusual crítica, uno se plantea ¿Hay tanta gente equivocada? O dicho de otra forma: ¿Qué tiene el agua para bendecirla? Llegados a este punto es inevitable entrar en el terreno de las valoraciones personales que, por supuesto, no tienen porqué coincidir con las de ustedes, pero les anticipo que aceptaré de buen grado todas aquellos comentarios positivos y favorables al film de Brooks. Este blog, es un espacio de dos direcciones, y el feedback que recibo de ustedes nunca cae en saco roto.

De Brooks me gustaron Máxima Ansiedad y muy especialmente El jovencito Frankenstein, genial parodia del cine de terror y de uno de los iconos sagrados del género. En Sillas de montar calientes se parodia otro género mítico, el western, y probablemente, desde la óptica del espectador americano, se haga bien, pero el mensaje al españolito de a pie se nos vuelve críptico e ininteligible. Salvando ciertos guiños cinéfilos no demasiado difíciles – Marlene Dietrich como cantante de salón (Destry rides again) o el “hate-love” en los puños del Mitchum de La noche del cazador, aquí, un Yes/No en las grupas de un cabestro – el resto resulta demasiado confusos en este lado del océano, y en la medida que la película y el espectador anden en distintos plans astrales, el humor, preciso de cierta complicidad, anda kaput en combate.

Además de una clara posición racista, Sillas de montar calientes, extiende sus tentáculos al nazismo, a la crítica política, al cine escatológico y a mi parecer desagradable, al sexo y a la homosexualidad, a la intransigencia, al cine dentro del cine, al musical o al sionismo entre otros muchos objetivos, a la vez que ofrece lecturas difíciles para los comunes mortales no USA: Referencias a Mae West, Cabaret o El tesoro de sierra Madre, difíciles de pillar, o el acento yiddish de un gran jefe indio, lo que en versión doblada resulta meritorio detectar.

Ni me reí del banquete de judías, ni del sheriff agarrándose de la nariz, ni del político en la bañera buscado su ranita. Me hizo sonreir una referencia, clara eso sí, al gran Randolph Scott y una original escena digna de los Lonely Toones. Poco arroz para el mucho pollo que se presumía.

Probablemente, los entendidos alabarán la originalidad de Brooks en su parodia. Aunque sus guiños, gags y tics me resultan desconocidos en su mayor parte, acepto calificar con un 8 esta faceta de la película. Pero, un par de muecas de sonrisa, confieren un 2 en el apartado de comedia de ámbito extranorteamericana. El promedio pitagórico nos da un 5 con lo que se va servida y dando las gracias.

Puntuación: 5,00


jueves, 12 de julio de 2012

FRENCH CONNECTION (WILLIAM FRIEDKIN - 1971)




Con el cambio de espinacas por manzanas de caramelo, barco pesquero por coche policial y flacucha Olivia por ocasional ciclista de botas rojas, les presento: “Aquí, en su pantalla: ¡¡El famoso Popeye!!". El terror de los minoristas de chichinabo y la mosca cojonera de los jerifaltes del tráfico de estupefacientes. Un cop al estilo Callaghan (aunque nuestro Harry se estrenó posteriormente) y un año, 1971, en que la televisión pronto había llegado y con ella personajes como el teniente Colombo o Simon Templar el Santo, y series como Ironside o 77 Sunset Street. Este era el marco. Un marco al que hay que sumar películas precedentes como Bullitt con una de las persecuciones automovilísticas más espectaculares que ha dado el cine (y ha dado unas cuantas) o Cowboy de medianoche.

Un ambiente ciertamente propicio para un film que obtiene cinco Oscars de un total de 8 nominaciones, incluyendo mejor película, mejor director (William Friedkin) y mejor actor (Gene Hackman). La créme de la créme de los premios en una añada de vinos interesantes (La naranja mecánica o El violinista en el tejado). Tampoco es ajeno al impacto social de esta película, el hecho de que en los años 60 se produjera el despegue del problema de la drogadicción asociada a movimientos juveniles culturales y antisistema, como el fenómeno “hippie”, al que pusieron música entre otros, Scott Mackenzie, Joan Baez, Janis Joplin, el mismo Jimi Hendrix, o los propios Beatles especialmente con su séptimo album Revolver.

Hasta aquí el entorno sociológico en el que se realiza y estrena French Connection, una película que, debo reconocerlo, me impactó cuando allá por los 70 la vi por primera vez y de la cual siempre ha guardado un excelente recuerdo, especialmente grabada en mi memoria la persecución de Fernando Rey por Gene Hackman. Seguramente en aquel momento justifiqué sobradamente los galardones que se le otorgaron. Hoy, cuestiono algunos de ellos pues tan solo uno ha superado para mi la prueba del nueve, o sea el test del paso del tiempo, el reconocimiento a Gene Hackman como mejor actor. Eso sí, la escena de la persecución, con su juego de disimulos y las carreras coche-ferrocarril, siguen estando ahí entre los mejores momentos de la historia de este arte.

Para quienes no hayan visto el film les diré que en resumen estamos ante una pareja de polis (bueno, malo: Roy Scheider, Gene Hackman) quienes, un tanto por aburrimiento y otro tanto por casualidad, investigan a un sujeto con mucho alarde de billetes grandes. Sus pesquisas acaban conduciéndoles hasta un gran negocio de tráfico de drogas dirigido por Alain Charnier (Fernando Rey) francés residente en Marsella y bon vivant por devoción. Entre Manhattan, Brooklyn y Washington DC se produce una caza sin cuartel.

Sobre esta línea argumental básica podemos encontrar otras más accesorias pero no por ello menos interesantes. Así, los desenfrenados métodos de Popeye Doyle son cuestionados incluso por sus propios compañeros, habiéndole costado la vida a algún agente policial. También el contraste entre ambos protagonistas (Doyle, Charnier) absolutamente dispares en sus comportamientos. Brutalidad contra distinción, un espléndido banquete versus tentempié de bocata y cerveza. Quizás, en definitiva, la riqueza del mal contra el salario del bien. Es verdad que estas líneas secundarias no están especialmente “trabajadas” pero nos dejan un buen regusto y es fácil establecer complicidades con Popeye sobre todo si pensamos que tras el aspecto de gourmet y ese “discreto encanto de la burguesia” se esconde la lacra de la droga.

Es verdad que el tiempo le ha pegado un zarpazo serio a este film, pero no ha podido quitarle lo sustancial, el trabajazo de Hackman y el inigualable juego del gato y el ratón. Lo demás se entremezcla en nuestros recuerdos con series televisivas a go-go y otros thrillers urbanos, pongamos que hablo de Don Siegel, Eastwood, Stallone and company.

Puntuación: 8,00


viernes, 4 de mayo de 2012

¡AGACHATE, MALDITO! (SERGIO LEONE - 1971)




Les confieso que vi esta película dos veces. De haberme quedado en la primera, es muy probable que mi opinión fuese muchísimo más ácida y seguramente más injusta. Una segunda visión me ayudó a reposar las ideas, a poner las cosas en su sitio y a sacarle mucho partido a un film que, seguramente, no será una obra maestra de Leone, pero que destila la suficiente calidad como para justificar las casi cuatro horas dedicadas. 

Y es que hay que advertir que circulan por ahí versiones para todos los gustos, desde el DVD standard de 90 minutos hasta una versión presumiblemente completa de 2 horas 30 minutos. La suma de ambas me tuvo ocupado las cuatro horas de marras, pero debo decir que aunque el tiempo es un bien escaso y por ende, debe procurarse su aprovechamiento y optimización, la valoración final, sumando puntos fuertes y restando “salidas de madre” que haberlas háilas, es francamente positiva. 

Siguiendo mi costumbre de contrastar, siempre “a posteriori”, mi valoración personal con las apreciaciones de otros críticos y blogueros de la red, he encontrado coincidencias pero también discrepancias notorias. Por ejemplo, coincido en que el trabajo de James Coburn como dinamitero y activista del IRA le confirma como lo que ya sabíamos, uno de los mejores actores que ha dado el cine USA, pero discrepo de quienes penalizan el buen hacer de Rod Steiger achacándole una sobreactuación que, existiendo, se limita a momentos puntuales del film, especialmente en su primera mitad (claramente inferior a la segunda). El resto del trabajo de Steiger tiene la gravedad suficiente exigida por el papel. No en vano estamos hablando de un bandido mejicano inculto, desharrapado y visceral, quien, por un quítame allá ese Banco, acaba de héroe revolucionario. 

Sin más demora les resumo el argumento: Un bandido mejicano (Steiger) y un dinamitero irlandés (Coburn) aúnan fuerzas con la intención de atracar el banco de Mesa Verde. En vez de cajas fuertes se encuentran una prisión y en vez de dinero, partidarios de la revolución, cuya liberación provoca la persecución y las represalias del ejercito capitaneado por el coronel Günther Ruiz , un oficial con reminiscencias nazis y métodos brutales. 

 Si la primera parte del film sería calificable como floja y esperpéntica por momentos, con aires de comic a lo Correcaminos (Los rotulitos sobreimpresos sobre la cabeza de sus protagonistas, los primerísimos planos de los prohombres patrios comiendo o el sombrero roto del bandido dinamitado) la segunda es absolutamente cruda y memorable. Y lo afirmo en contra de la mismísima opinión del propio Sergio Leone, quien dijo: “ ¡Agáchate maldito ! Es una película que no sé colocar bien en el corazón. La amo inmensamente , porque es la que me produjo más angustia, más dudas, más desesperación. En un momento dado estuve a punto de dejarla y solo mi mujer logró que encontrara la constancia necesaria para terminarla. “ Hay que congratularse tanto de que fuese el propio Leone quien dirigiese su propia película – aunque fue ofrecida a Peckinpah que, dicho sea de paso, era una buena elección – como de que la terminase. No quiero pensar que se pudiesen haber perdido pensamientos tan preclaros acerca de las revoluciones como los expuestos por Juan Miranda y que reproduzco aquí, aunque seguro los encuentran en cualquier critica seria sobre el film: 

¿Revolución? ¿A qué te refieres? No intentes hablarme de la revolución. ¡Sé todo sobre revoluciones y cómo comienzan! Los que leen libros... van a los que no leen libros... los pobres, y les dicen que es hora de un cambio. ¡Mierda! Yo sé de qué hablo cuando hablo de la revolución. Los que leen libros van... a los que no saben leer... los pobres, y les dicen: "Hace falta un cambio". Entonces los pobres hacen todo para lograr el cambio. Entonces, los que leen libros... se sientan a sus enormes mesas lustradas, hablan y hablan y comen y comen. Pero ¿qué pasó con los pobres? ¡Están muertos! ¡Eso es la revolución! Por favor, no me hables de revoluciones. ¿Qué pasa después? La misma mierda vuelve a comenzar.” 

Y John Mallory, el dinamitero culto, arroja lejos de si, su biblia de cabecera: El patriotismo de Mikhael A. Bakunin.

 2 horas y media de violencia y revolución, de dramas personales que se eternizan en planos larguísimos en los que el tiempo parece detenerse, de flashbacks que enlazan vivencias íntimas próximas y conflictos políticos alejados, de excelente música Morricone y de la excelente actuación de Romolo Valli como Dr. Villega Ciento cincuenta minutos de cine para pensar y si ustedes quieren para extrapolar... 

Puntuación: 7,15

sábado, 18 de febrero de 2012

LA FUGA DE LOGAN (MICHAEL ANDERSON - 1976)


Reconociendo que me gusta el género de la ciencia ficción y que La fuga de Logan acaba resultando una obra entretenida, debo decir, tratando de ser objetivo, que su encuadramiento dentro de las películas de culto, es una prueba de que este tipo de catalogaciones parece atender más a motivaciones poco confesables que a circunstancias objetivas y que la etiqueta “cult movie” debe ponerla el tiempo y no venir de fábrica como parece ser el caso.

Repito que no quiero ser demasiado duro con un film que me ha resultado entretenido en su conjunto e incluso espectacular por momentos (el Carrusel regenerador), pero que se ajusta demasiado a unos cánones apocalípticos demasiado socorridos. Las catástrofes nucleares, las colisiones planetarias o los virus que diezman la Tierra son elementos que han sido demasiado utilizados en el cine, por lo general acompañados de supervivientes incapaces de organizarse por sí mismos y que precisan la figura del líder. En este caso, el liderazgo parece ejercerse desde computadoras futuristas inteligentes, que diseñan una sociedad aborregada y hedonística, uniformada por colores según edad y  con un plazo de caducidad de 30 años, tras los cuales se les liquida convenientemente al tiempo que se les “vende la burra” de la regeneración. Lógicamente los menos borregos de entre ellos tratan de librarse de la masacre y escapar al anhelado “santuario”, cosa que los guardianes “sandmen” tratan de evitar con sus pistolitas de rayos verdes.

El film puede verse desde distintas ópticas, la mesiánica entre ellas e incluso analizar su encuadramiento en una sociedad donde los principios del amor libre y el consumo de alucinógenos estaban entre las variables del cambio social propiciado por una juventud que buscaba su propio sitio. Estas visiones son válidas y en ellas puede estar la clave de su calificación como film de culto. Pero un film no puede limitarse al puro y duro análisis sociológico, precisa algo más, y en ese más es donde flaquea: El conjunto de la historia, entretiene sin más, los actores cumplen, aunque muy justitos y los pequeños detalles acaban debilitando un film ya de por si flojo en donde los efectos especiales son bastante interesantes hasta el punto de reconocerse en forma de estatuilla. La resultante nos da un film mediocre, con más diferencias de las aceptables con la novela original pero que deja verse, especialmente en su fase final donde la figura y el saber estar de Peter Ustinov junto con una simulación de Washington DC invadido por la naturaleza salvaje, suben un tanto su valoración. 

Sé que me manejo entre el sí pero no y el no pero sí, pero así lo he visto y así se lo he contado.

Puntuación: 6,25



viernes, 2 de septiembre de 2011

ADIEU POULET (PIERRE GRANIER-DEFERRE - 1975)


Adieu Poulet es algo así como un Arma Letal a la francesa. Así escrito, la cosa nos parece clara y meridiana, salvo que nos cuestionemos lo de “a la francesa”, porque entre los Estados Unidos de Norteamérica y Francia existen, además de La Marsellesa, la bandera o la tortilla, otras diferencias. El chauvinismo no es identificable con el orgullo de los yanquis del mismo modo que los valores de una Europa agrietada por siglos de historia no pueden colocarse como si de deuda pública se tratase en los mercados de una, relativamente, nueva América.

Pero sí, la cosa va de policías complementarios. El ortodoxo (Lino Ventura) y el modernista (Patrick Dewaere) o lo que es lo mismo, el íntegro y el predispuesto a aceptar regalos o el reflexivo y el alocado, que todas las calificaciones se ajustan a sus distintos caracteres. Sin embargo, la fuerza – permitánme redundar – de Fuerza Letal está en eso precisamente, en la química complementaria pero integral entre los dos polis interpretados por Dany Gloover y Mel Gibson, mientras que en Adieu Poulet el interés se centra en una historia de corrupción y violencia política donde los comicios, las campañas y precampañas electorales son un campo de batalla teñido literalmente de sangre. Los actores se lucen en tanto sus personajes se erigen en parte fundamental de los acontecimientos y su mérito está en hacerlos creíbles. No son dos actores-escaparate a lo Borsalino sino dos peones de una gran historia que bordan su trabajo.

Grande Leferre, de quien tengo pendiente de comentarles Le Chat, me parece un excepcional director. Es cierto que la historia es buena pero también lo es que el cine político junto a grandes títulos tiene grandes empachos. Las corruptelas, sean trajes, concesiones y otras prebendas así como aquello de favor por favor están tan a la orden del día en las televisiones que reencontrarlo en el cine produce cierto hastío, pero Leferre le sacó partido gracias a un guión ágil y sin demasiados giros enrevesados, donde las concesiones a la espectacularidad son pocas y donde las muestras de ingenio especialmente en los diálogos son muchas.

La trama podría resumirse en la muerte de un policía y un civil a manos de los gorilas de un candidato político. La no asunción de responsabilidades. El apoyo de las altas esferas inclusive los mandos policiales. La integridad del comisario en el cumplimiento de su deber incluso contra sus superiores. Las artimañas legales para retirarlo sin publicidad del caso. Todo ello nos suena. Pero Leferre le da una vuelta de tuerca final a la historia de forma que cuando el policía es reclamado por todas las partes de un conflicto que se ha disparado éste tomando el altavoz dice…

Mejor lo averiguan que no me gusta destripar.

Y “Adieu Poulet” que en castizo sería algo así como Y tararí que te vi…

Puntuación: 7,45




sábado, 23 de julio de 2011

EL HUEVO DE LA SERPIENTE (INGMAR BERGMAN - 1977)


Probablemente me haya reencontrado con aquel Bergman que en su día me pareció incomprensible pero al que con los años he ascendido a la categoría de cineasta inteligente. El cascarón del huevo era, ya entonces, muy fino y permitía vislumbrar a un genio del cine, pero mi ceguera, propia de la edad, era todo lo gruesa que se puede ser debajo de capas y capas de inmadurez.   

El milagro de recuperar la vista comenzó con Fresas Salvajes y continuaron entreabriéndose los párpados con El séptimo sello. El huevo de la serpiente ha sido un paso más en la misma dirección aunque reconozco que el proceso milagrero se ha ralentizado un poco y ha exigido una meditación más “di profundis” que lo habitual. ¿Demérito de Bergman o incapacidad supina mía? Ahí lo dejo… Nadie dijo que esto fuese a ser fácil, y efectivamente el cine del sueco no lo es. ¡Hale, a currárselo! 

Lo primero que nos desconcierta es el título ¿Qué pasa con el singular huevo de la serpiente? Hasta el final del film la cosa no queda clara para los profanos en ciencias naturales. El huevo de la serpiente se rodea de una cutícula transparente que permite ver lo que se está gestando. ¿Y que se estaba gestando en la Alemania del 23? Por ahí van los tiros. Por ahí y por una Alemania derrotada síquicamente y que estaba pidiendo a gritos, pre nazis por supuesto, una reparación a su herida dignidad.

En un entorno de humillación, pobreza, tristeza, hambre, instintos de supervivencia e impunidad para los criminales, se desarrolla una historia preñada de los mismos sentimientos colectivos, pero a nivel individual, donde dos cuñados unidos en la desgracia, son sujetos pasivos de un tiempo donde los principios desaparecieron nadie sabe cómo ha sido y donde solo quedan la amargura y las falsas risas del cabaret. La larva del nazismo incubándose entre odios, experimentos, semitismo y desesperanzas varias.

Bergman retrata un Berlín oscuro, donde el miedo es la nota predominante y la fe se ha volatilizado. Hay muchas escenas impactantes – se exigen no años para entenderlas, pero sí madurez-, les dejo una, el sacerdote perdonando los pecados de Manuela (Liv Ullmann), no en nombre un Dios alejadísimo, sino en nombre de los propios humanos, y a su vez pidiéndole a ella perdón por su propia apatía. Una instantánea genial de un momento histórico en el que la serpiente no podía por menos que tomar forma.

Puntuación: 7,5



lunes, 18 de julio de 2011

EL SERPIENTE (HENRI VERNEUIL - 1972)


El mundo del espionaje y de los agentes secretos resulta a priori especialmente atractivo. Las astucias femeninas de Mata-Hari o los artilugios innovadores de 007 y su corte de súper mujeres esperando la frasecita de rigor : “Mi nombre es Bond… James Bond" han tenido, tienen y tendrán sus seguidores, entre los que me cuento. Pero ello no significa que los Bond, M o Moneypenny tengan cualquier parecido con la realidad, que por no haber no hay ni coincidencias. 

Películas como El serpiente o, la mucho mejor, El espía que surgió del frío, ofrecen una visión mucho más cercana a una realidad donde nada es lo que parece, la verdad y la mentira se solapan hasta hacerse indistinguibles y como resultante el espectador tiene todas las cartas para perderse en la trama, debiendo estar con los cinco sentidos agudizados y hasta con el sexto a punto por lo que pudiera pasar. Quizás por ello El serpiente sea un film que, debido a sus dobles agentes y a sus vericuetos algo retorcidos, despierta pocas simpatías. Tampoco ayuda mucho una realización algo irregular de Henri Verneuil, uno de los directores galos (de origen armenio) más americanizados en cuanto a su tipo de cine.

Sin embargo, si conseguimos salir del “laberinto” relativamente indemnes, concluiremos que El serpiente, sin ser un peliculón, tiene elementos más que suficientes para obtener un aprobado alto. Algo de suspense y acción (por ejemplo la escena del lago o la del puente), una fotografía excelente de Claude Renoir, o una maravillosa partitura de Morricone son puntos positivos de un film interesante donde la huida de un coronel soviético (Yul Brynner) a Occidente da inicio a una especie de juego de la verdad y a un magistral duelo interpretativo donde Henry Fonda, mister CIA, es el oponente. 

La Cia, la OTAN, el Foreign Office, son elementos de un tablero donde huele a podrido y donde se desarrollaban aquellas batallas de la guerra fría hoy un tanto olvidadas. Batallas donde los topos y los camaleones eran sus protagonistas principales y donde los satélites, radares y aviones de reconocimiento eran algunas de sus principales armas. Verneuil consigue situarnos en aquel tiempo donde el muro de Berlín separaba algo más que dos territorios. Eran dos sociedades con dos formas de entender la vida que vivían en perpetua sospecha. Sin embargo al director francés se le escapa algo el film de las manos lo cual en una película de este género resulta peligroso. Los documentales históricos “trucados” o esa visita turística por el interior del edificio de la CIA resultan folklóricos y prescindibles.

Buena actuación de Phillipe Noiret y Dirk Bogarde, Farley Granger en su línea hierática y Virna Lisi en la suya de mucha mujer y con un par de frases “lapidarias” completan un reparto de excepción algo desaprovechado.
Eso si la banda sonora, de lujo.

Puntuación: 6,60




jueves, 26 de mayo de 2011

UNA FIESTA DE PLACER (CLAUDE CHABROL - 1975)




De forma similar a lo que ocurre en mis escasos acercamientos al cine de Rohmer, esta película de Chabrol  requiere consulta al anuario de 1975. Lo primero que dice Wikipedia es que fue un año “normal” (aunque habría que precisar lo que se entiende por normal) y lo segundo es que fue designado por la ONU como Año internacional de la mujer (Al parecer Chabrol no debió enterarse). Otros acontecimientos relacionados de alguna manera con el presente comentario son: La patente del cubo de Rubik (de cuya fuente bebe Una fiesta de placer) o la muerte del General Franco en España por sus connotaciones con esa libertad de la que tanto se habla en el film. 


Ubicados en contexto, quiero decir que así como Chabrol me encantó con su cotidianeidad del asesinato en El carnicero, aquí me ha decepcionado, no del todo, pero sí bastante. Es cierto que la película resulta cuando menos curiosa al sustentarse sobre un guión de Paul Gégauff, basado en su propia vida e interpretado tanto por él mismo como  por su ex esposa y por su hija . O séase, que en este caso la ficción no supera a la realidad sino que acaban firmando unas decorosas tablas.

Dicho lo anterior y avisando que seguiré repasando la filmografía de Claude Chabrol, les anticipo a quienes pretendan emprender viaje al fondo de la mente de Philippe que se encontrarán un explosivo coctel Molotov, donde al lado de la paranoia y de los tonos monocordes  encontrarán referencias a la libertad, Descartes, Zoroastro, al sexo libre y al la maté porque era mía, que más parece un dramón patrio que una película europea o esta no es la Europa que nos contaban, que nos la han cambiao…


Sea por justificar sus propias aventuras de cama y almohada, sea por estar a la “mode” en  tiempos de “te amo, me amas y nos acostamos con quien nos da la gana” o sea por mantener la posición dominante sobre la esposa sumisa (“toíto te lo consiento pero ándate con ojo y sobre todo ocúpate de mí”) – aclaro, los entrecomillados no son de la película, sino un resumen mío muy personal para no cansarles- sea por lo que sea, el amigo Philippe jugando a fraternités, egalités y sobre todo a libertés se va encontrando compuesto y sin novia que decimos por aquí, sin nadie a quien recriminar, humillar y dominar. Y  ¡hasta aquí podíamos llegar!, con los amigotes de risa floja… No, no. Rien de rien. Y donde muere uno mueren dos.

Y hasta ahí puedo leer… El resto lo averiguan ustedes. Por cierto, en la vida real el tal Paul Gégauff murió acuchillado por su última mujer. 


Espero que los Chabrolianos que los hay y muchos, y con toda la razón del mundo, no se me tiren a degüello. Ellos saben perfectamente que este no es su mejor film.  Seguiré insistiendo y vendrán tiempos mejores…


Puntuación: 5 (raspao)

domingo, 8 de mayo de 2011

CUBA (RICHARD LESTER - 1979)

La Habana es Cádiz con más negritos decía el recordadísimo Carlos Cano. Por ello, Richard Lester  viene a la Tacita de Plata con los trastos de filmar para, mezclando historias secundarias, situarnos en la historia principal de la Cuba pre-revolucionaria. La realidad cubana de los 50 contemplada tangencialmente, como telón de fondo y casi de soslayo hubiese sido una opción respetable y probablemente hubiese dado lugar a una excelente película. Pero no es el caso de esta Cuba de Richard Lester donde, personajes que están metidos hasta las cejas en el meollo del conflicto, parecen más interesados en asuntos de cama y almohada que en lo que en realidad les ha llevado hasta allí.


Tenemos americanos vendiendo armas y buscando negocios baratos que rentabilizar, militares ingleses dispuestos a ser el brazo armado de la contrarrevolución y por descontado tenemos a Fulgencio Batista a punto de poner pies en polvorosa. Están los dólares americanos facilitando trámites y conquistando voluntades. En Santa Clara está Fidel. En La Habana, el rancio glamour  de Flamingo y sus stripteases. Las miserias a flor de calle y el lujo en piscinas y campos de golf. Pero por encima de todo ello, Lester reduce su película a, dos cosas, una relación amorosa reencontrada entre el comandante inglés (Sean Connery) contratado para exterminar a los insurrectos y la nuera (Brooke Adams) del fundador de un imperio empresarial dedicado al tabaco y al ron , y la otra, a salvar el “honor” familiar de la querida del ocioso hijo, bebedor, mujeriego y entendido en caballos. Lo principal pasa a segundo plano, el exterminio se queda en una simple escaramuza  entre cañaverales y la revolución parece perder importancia ante el honor recuperado en forma de una mancha de sangre que se extiende incómoda sobre las aguas cloradas de la pileta de lujo.


Alguna perla, evidentemente caribeña, encontramos. La frase del negociador americano: “ ¿No saben que, en Cuba el tiempo significa dinero? Y la prostituta respondiendo: “Yo sí”. O untar al policía con dólares del Monopoly. Batista embarcando hasta el piano de cola o el gesto del aduanero explicitando money money. Película de tópicos donde los traficantes de armas son vendedores de tractores y las cubanas se contonean a ritmos de son, con tibias pinceladas de esa miseria que los panfletos turísticos esconden y de esa democracia de la que se presume cuando se carece. Y como diría Carlos Puebla y sus Tradicionales, “En eso llegó Fidel…”


Excelente Sean Connery. Su ex-imagen Bond hacía presumir un film de agentes secretos o cuando menos de complicadas e inconfesables tramas económico-políticas. Pero no. Al final, casi  todo acaba condensado en un romance con la “blandita” señora de Pulido (Brooke Adams) y en un pies para qué os quiero. Fin de ciclo. Fin de película. Podría finalizar con aquel Continuará…Permanezcan atentos a la pantalla. La cosa evidentemente continuó y en esas estamos, sesenta años después.   
  

Puntuación: 6 
  


domingo, 14 de febrero de 2010

EL HOMBRE QUE PUDO REINAR (JOHN HUSTON - 1975)




Estamos ante una excelente película de John Huston, director del que siempre he esperado mucho y que, por lo común, me lo ha dado, con excepciones tipo La carta del Kremlin a la que a falta de calidad muchos han incluido en el denominado cine de culto. No es el caso de El hombre que pudo reinar donde la calidad es evidente y la interpretación de Connery, Caine y Plummer mas que notable.

Basada en una obra de Kipling y con el propio Kipling como personaje de la historia, el film narra el periplo de una pareja de militares británicos desde la India a Kafiristan, siguiendo la ruta del gran Alejandro, con el preciso objetivo de convertirse en los reyes número 33 y 34 de un extenso y disperso territorio de comunidades tribales independientes en continua contienda y con 32 coronados en activo.

Aventuras, debo reconocerlo, no les faltan. Afganistán, ríos caudalosos y el imponente Himalaya suponen retos que ningún humano salvo Alejandro el griego fue capaz de superar. Pero, si un griego lo hizo ¿Por qué no dos británicos? El binomio Carnehan (Caine)- Dravot (Connery) con más moral que el Alcoyano lo consiguen con la ayudita no desdeñable del destino que echa algunos cables, como por ejemplo una avalancha de nieve que permite a nuestros amigos continuar ruta, y es que no siempre se hace camino al andar.

¿La más bella película de aventuras, según mantiene Maruja Torres? Yo no diría tanto. Puede que si o puede que no. ¿Existe la mejor? ¿La más bella? Espejito, espejito. ¿Cuál es? La foto finish no nos lo aclara. Lo que si es cierto es que no es fácil ser originales en esto de la aventura. Sin embargo, la novela de Kipling, el guión de Huston y Gladys Hill, el espíritu aventurero innato de Huston y los muchos años (mas de veinte) que tardó en darle forma, lo consiguen. Estamos ante un buen trabajo cinematográfico, fiel en lo básico a la obra literaria, aunque, en una especie de guiño cinéfilo a la par que homenaje a su autor, cambie el personaje del narrador por un Kipling periodista (Plummer) y también sustancialmente fiel a ese tipo de personajes muy a lo Huston, paridos a base de reveses y desengaños, idealistas, utópicos, quijotescos y perdedores. Carnehan y Dravot son los dos platos de una romana en equilibrio inestable, cada uno compensando las abundancias y las carencias del otro.

Por no pecar de injustos, la música de Jarre un lujazo. La fotografía, otro. Y en resumen una película para enmarcar de un director que cuando es bueno es muy muy bueno. John Huston, elevando, a base de películas como esta, el cine a la categoría de arte.



miércoles, 20 de enero de 2010

LA HUIDA (SAM PECKINPAH - 1972)


Excelente director ese Peckinpah. A estas alturas no pretendo iluminar a nadie ni tampoco ilustrarles sobre la característica fundamental de su cine: La acción trepidante. Abstenerse quienes se impresionen demasiado con la violencia, aunque a decir verdad esta violencia años 60-70 hoy día resulta light comparada con los efectos de mal gusto y revuelve estómagos tan habituales en el cine de hoy. Pero aun así quedan advertidos.

Steve McQueen nos ofrece una muy buena interpretación de su personaje, un convicto al que las influencias de un poderoso magnate financiero debidamente encamado permiten salir de prisión a condición de prestarse a un determinado trabajito, favor por favor. La cosa es que con una mujer como Ali MacGraw, triste y sola como la escuela y las continuas peticiones de libertad provisional denegadas por los comités "reinsertadores" de turno, hacen que el amigo McCoy (McQueen) se preste a la componenda. Eso y llamándose la película como se llama pues no queda mucho por explicar.

Decirles que estamos ante una "road movie", pero nada de existencialismos, pura y dura. Carretera, manta, escopeta y en el rebufo toda una corte de impresentables en busca de lo robado más lo no robado pero que se fue al limbo de las dobles contabilidades, gastos de representación, malversaciones y otras zarandajas de tal cariz. Y una historia de amor resquebrajándose en ruta, porque McCoy ciego en el país de los tuertos no vislumbra más allá de sus egoísmos.

El Paso y Chihuahua son las metas volantes de una escapada como aquellas del belga Eddy Merck que dejaban a los rivales fuera de combate. Alguna cuestecilla más dura de lo habitual, algunos compinches que no estaban muertos, no, no... y el chatarrero club de la buena gente son etapas de un film de visión obligada que dejó secuelas como el pelotón perseguidor: A muchísima distancia.

sábado, 17 de octubre de 2009

LA CARTA DEL KREMLIN (JOHN HUSTON - 1970)





El jueves noche vi esta película y ayer mañana me levanté con ganas de despotricar, de nadar un poco a contracorriente (en sentido figurado, que el agua empieza a estar fría). Total, que escribí mi critica y se la remití a la página web no solo amiga sino absolutamente recomendable El despotricador cinéfilo, donde han tenido la amabilidad de publicarla. Os recomiendo encarecidamente una tourné por su blog.







lunes, 10 de agosto de 2009

EL ÁRBOL DE LOS ZUECOS (ERMANNO OLMI - 1978)


Durante gran parte de la película me estuve preguntando ¿Dónde está el árbol de los zuecos?. Una vez localizado, cambié la pregunta ¿Qué importancia tiene ese árbol? y después de casi 3 horas de cine, se hizo la luz. El árbol de los zuecos es el símbolo de una época, donde los señores mantenían su "status" a costa del sudor de "sus" campesinos disponiendo de ellos a su antojo y arbitrio.

Esto no deja de ser una ligerísima aproximación a un film de mérito, realizado en unos años donde este tipo de cine parecía tener su momento. Recordemos sin ir más lejos Padre Padrone de los Taviani, premio Cannes 1977 o la propia Novecento de Bertolucci (1976), películas donde las tradiciones, los gozos, las sombras, y sobre todo, las penurias del campesinado, amen de su fuerza revolucionaria, trataban de hacerse un hueco en las conciencias alegres y confiadas.

Sin embargo, hay diferencias entre las películas citadas. Por un lado, Novecento recoge la ira justa de unos campesinos oprimidos política y socialmente, Padre Padrone refiere la fuerza inmovilista de unas tradiciones seculares que frenan cualquier avance y El árbol de los zuecos es un auténtico álbum de fotografías donde se conserva la instantánea de las rutinas diarias de unas familias normales a las que les pasan cosas tan normales que uno se figura que no les pasa nada.

Puro neorrealismo tardío, en la línea Rossellini o De Sica. Aunque, la realidad nunca es tardía. Y Olmi mas que cine de ficción realiza un documento histórico que, con seguridad, sorprenderá a aquellos espectadores presentes y, sobre todo futuros, que no conciban la vida sin un televisor o una lavadora. Seguramente encuadrarán El árbol de los zuecos en la categoría cinematográfica de la ciencia (o realidad) - ficción.

Buen ejemplo de un cine de compromiso social que el tiempo y los cambiantes gustos han arrinconado en cierta manera, pero que aún conserva gran parte de su fuerza gracias a la veracidad de sus vivencias y de sus denuncias.

Eso sí, tres horas son muchas horas.

martes, 7 de julio de 2009

LENNY (BOB FOSSE - 1974)


Lenny es una película de reflexión obligada. Plenamente inmersa en ese cine de culto capaz de suscitar amores y odios enconados, Lenny es una reflexión sobre la libertad de expresión que, para más inri, se localiza allí en la cuna de las libertades, en esos Estados Unidos of America que pasaron de interrumpir funciones por pronunciar vocablos obscenos a consentir diálogos cinematográficos como los de El sargento de hierro. Claro que, entre el nacimiento de aquel "club de la comedia" made in USA y la peli de Eastwood pasaron muchos años, tantos como para acabar devolviendo la dignidad perdida a aquel tocapelotas (observo si se abre bruscamente la puerta de este mi antro personal de pérfidas escrituras) que se atrevía a decir a la cara de quien quisiera escucharle, y en clave de humor, las verdades irrefutables del barquero.

Figura popular en los 50, muerto en el 66, tuvo que esperar 40 años para que el alcalde de San Francisco, accediese a indultarle a instancias de su ex mujer y su hija. Y es que la cosa no tiene desperdicio ¿Porque no lo hicieron de oficio?. Corramos un estúpido velo... Lo cierto es que, Bob Fosse, especialista por profesión en mundos del espectáculo, recluta su historia, la confiere un estilo visual y procedimental propio y la ofrece al gran público de la mano de un actor como Dustin Hoffman quien ya había dejado registros interpretativos del calado de Cowboy de Medianoche o Perros de Paja. Y aquí encontramos otro elemento de culto pues, no sé bien a que se debe y reconozco que inclusive me sucede a mi mismo, Hoffman suscita sentimientos extremos. Es un excelente actor pero..., es como si el reconocerlo no estuviese bien visto. Sin embargo, aunque se me tache de no ir en la onda de lo que se lleva, Dustin Hoffman da todo un recital interpretativo. Consigue eso que solo está al alcance de los grandes, dejar de ser Dustin y ser Lenny. Luego vendrán otras consideraciones sobre el estilo visual de Fosse o sus espectáculos de amargas lentejuelas, o incluso como esta mezcla de cine y documental que creo honestamente que le sienta mal a la película. De todo ello podemos discutir pero en cuanto a Hofmann, caso cerrado.

Como todas las películas panegírico el film ensalza en demasía la figura de un Lenny Bruce cuyo coqueteo ( y más) con el mundo de las drogas, por mucho que fuesen los 60, ya saben paz, amor y... canutos, no es demasiado ejemplarizante. Es cierto que las biografías, en su afán de credibilidad, han de destripar por igual, riquezas y miserias. Y esta lo hace, con cierta crudeza que, aunque no llega a herir nuestra sensibilidad, deja esa sensación de que todo va bien y es necesario y que la única salida posible son los estupefacientes.

Espléndida Valerie Perrine, como fémina y como interprete. Imprescindible su revisión. Y , en general, interesante film cuya moralina final es que lo verdaderamente preocupante no eran las obscenidades tipo "chupapollas" (la puerta sigue cerrada) sino las críticas políticas y expresar en voz alta y en un foro público, lo que todos pensaban.







viernes, 19 de diciembre de 2008

LA IRA DE DIOS (RALPH NELSON - 1972)


La ira de Dios es una de esas películas que dejan esa sensación de dejà-vu, de haberlas visto anteriormente. Un par de figuras del cine de antes y de siempre (Robert Mitchum y Rita Hayworth), bastantes semi desconocidos (Frank Langella, Victor Buono, John Colicos o Ken Hutchison) y un guión sobre revolución de república bananera o similar. El cesto que puede resultar de todos estos mimbres no depara, por lo general, muchas sorpresas así que, por la misma regla de tres, no decepciona. Quien nada espera no puede sentirse defraudado.

Lo más destacable, a la par que lamentable, es el estado en que se encontraba la otrora gran diva de la seducción, Rita Hayworth, y es que los años perdonan poco pero el Alzheimer todavía menos. Su papel breve y sin requerir grandes esfuerzos de memoria, impresiona al espectador por el golpe que supone a los recuerdos, Gilda entre ellos.

En cuanto a Mitchum, quien tuvo, retuvo y guardó para luego. A los que lo valoramos como actor nos gusta verlo, pero eso no es suficiente. Su papel de cura entre el desencanto y la redención, metrall
eta en ristre, no es precisamente un retrato convencional de la Iglesia, por lo que de entrada no es apta para devotos feligreses parroquianos.

El acostumbrado cinismo del actor, siempre de vuelta y media de todo, unas pinceladas de humor y la voluntad divina en forma de oportunísimo desplome del crucifijo para abatir a los impíos inconfesos, es tal vez lo único salvable entre la insulsez de un film para olvidar.