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miércoles, 7 de octubre de 2020

LA HORA DE LAS PISTOLAS (JOHN STURGES, 1967)

 


En la historia cultural del siglo XX los años 60 significaron una gran ruptura del, digamos, orden preestablecido. La aceleración del desarrollo tecnológico mundial, la expansión de la TV y sobre todo la contracultura asociada a una nueva juventud cuyas ideas se movían al ritmo de las músicas nuevas de sus nuevos líderes, dio carpetazo final a más de medio siglo de clasicismo y abrió la puerta a una nueva normalidad, moderna y revolucionaria. Para el cine también supusieron un antes y un después donde los westerns entraron en una fase crepuscular, en la que abandonando su primitiva moralidad empezaron a cuestionarse lo que estaba bien y lo que no. Los muertos empezaron a tener un entierro digno y una cruz en el cementerio  No solo la muerte tenía un precio sino que la vida por primera vez parecía tener algún valor. Muchos de ellos fueron westerns psicológicos donde algo parecía retorcerse en lo íntimo de los pistoleros, otros viajaron a Europa de la mano de directores como Leone o Corbucci, impregnándose de un sabor a continente añejo del que carecían. En definitiva, se produjo una "humanización" de un género "in artículo mortis", en un desesperado intento de adaptarse a los parámetros marcados por una sociedad que renacía tras dos guerras mundiales y que ponía los cimientos de un futuro distinto.

En ese contexto surgieron westerns como "El hombre que mató a Liberty Valance" (1962), "Grupo Salvaje" (1969) y más posteriormente "Pequeño Gran Hombre" o "La balada de Cable Hogue" (ambas de 1970). Y entre estos y otros muchos encontramos "The hour of the gun" de John Sturges un film al que no calificaré de magistral aunque sí de notable y, por su año de realización y contenido, de crepuscular y psicológico. Una excelente segunda parte para aquella "Duelo de titanes" del mismo Sturges cuyo argumento se centraba en todos los argumentos y circunstancias previos que concluyeron con el famoso enfrentamiento entre los hermanos Earp más Doc Holliday y la banda de Ike Clyton. "La hora de las pistolas" retoma la historia en ese momento en que los cuatro hombres se dirigen con la lentitud parsimoniosa de los grandes westerns hacia el encuentro de quienes, lo sabemos, serán sus futuras víctimas, y la continúa con una serie de hechos que convulsionan a la familia Earp y hacen que el propio Wyatt se cuestione el funcionamiento de la ley dentro de una sociedad comprada o aterrorizada.

Bajo la atenta y extrañada mirada de Doc Holliday, el film recoge con sutileza pero de forma más que evidente la evolución psicológica de Wyatt Earp, su tránsito desde la defensa a ultranza de la legalidad establecida hasta su obsesión por conseguir, por otros cauces, la justicia que la ley parece negarle. La frase de Doc es absolutamente ilustrativa: "Eso que llevas ahí no son órdenes. Son licencias de caza" refiriéndose a las órdenes de arresto de los asesinos de su hermano y a su uso por Wyatt como licencias para matar. En este orden de cosas la película parece despojarse de sus ropajes de western para situarnos en una temática mucho más generalizada, la de la invalidez de la ley en la lucha contra los grandes gangs, la mafia, sea en Chicago o en Palermo o el imperio de la droga en Marsella o en el Bronx. Es por ello que no es el western clásico al que estamos habituados donde la justicia se imparte a balazos y no en tribunales, donde los muertos no se entierran sino que jalonan los caminos y donde los escrúpulos de conciencia son una realidad desconocida del quinto milenio. Al contrario, aquí se cuestionan los métodos y las formas y  empiezan a sugerirse, muy levemente y con desigual fortuna, aforismos como "la justicia es igual para todos" o el  "nadie está por encima de la ley" de ínclito recuerdo.

Excelente el color y la fotografía. De excepción la música de Jerry Goldsmith (como siempre). Magistral John Sturges (suyo es el western). Y punto y aparte para tres grandes actores: Jason Robards, Robert Ryan e incluso para un James Garner, espíritu burlón muchas veces cuestionado que aquí encarna de forma fiel, como siempre nos lo hemos imaginado, a uno de los mitos americanos por excelencia. En resumen una película que hay que ver de un género que, incluso en su declive nos ha dejado trabajos memorables.

Puntuación: 8,50
 

martes, 22 de septiembre de 2020

GAMBIT (RONALD NEAME, 1966)



 
 
Si bien no existen fórmulas infalibles para atraer a los espectadores a las pantallas cinematográficas, es absolutamente cierto que la presencia de determinados actores y actrices que cuenten con la admiración popular (también algunos directores), son factores que pueden desnivelar claramente la balanza hacia un lado u otro. Una vez desnivelada, todas las demás circunstancias que concurren en una obra fílmica coadyuvan al éxito o al fracaso. Las llamadas “obras maestras” son algo así como conjunciones planetarias donde todos están en su lugar único y posible, casi religioso, y donde la totalidad se convierte en la materialización de la perfección.

Filosofías aparte, en este caso la balanza se desnivela clarísimamente con la presencia de una actriz cuya trayectoria en los años 60 era espectacular. Ahí queda eso:  Can-Can, El apartamento, La calumnia, Irma la Dulce, Cualquier día en cualquier esquina, Mi dulce gheisa o Ella y sus maridos. Esos eran sus poderes y con ellos el derecho a elegir partenaire. Y el elegido fue Michael Caine. Lo explicaba la propia Shirley MacLaine:

“Michael Caine era un actor cockney que me había gustado en The Ipcress File. Me impresionó su aire seco y sarcástico, y le pregunté si vendría a Estados Unidos para protagonizar Gambit conmigo”

Aunque mis habilidades traductoras estén al nivel P de parvulitos, creo que todos reconocemos en la frase de Miss MacLaine al actor del East End londinense. Su sequedad, su sarcasmo y su acento cockney se encuentran, claramente, entre sus señas de identidad. Como él mismo decía en una entrevista televisiva, sonriendo y aplanando las vocales: “Puedo interpretar cualquier cosa”. Así pues aceptó la oferta, hizo las maletas y le dio un impulso a su carrera en el mercado americano de la mano de un buen director, inglés como él, Ronald Neame, en cuya filmografía encontramos además El millonario, Una mujer sin pasado y sobre todo la muy recomendable El hombre que nunca existió.

Gambit no es una obra maestra, pero se encuadra bien dentro de un género cinematográfico, el de los ladrones de alta escuela, recomendado guante blanco y esmoquin, que nos ha dejado momentos inolvidables. Topkapi, Charada, Como robar un millón o incluso aquella del clan Sinatra La cuadrilla de los once (1960) son ejemplos memorables de un cine que consigue la complicidad de los espectadores al límite justo de situarnos en el lado oscuro de la ley un tanto hipnotizados por esa química tan difícil de encontrar y que aquí estalla entre Caine y MacLaine y sin perder de vista la gran actuación de Herbert Lom, actor al que Blake Edwards extrajo su vena más cómica pero que cuenta con innumerables registros interpretativos.

Precisamente Herbert Lom da vida a un millonario árabe que, obsesionado por el recuerdo de su esposa muerta, tiene en su poder una valiosa estatua de la emperatriz Lissu, de gran parecido con la difunta. Sin embargo ambas, esposa y emperatriz,  parecen revivir cuando entra en escena Nicole (MacLaine) una bailarina de Hong Kong contratada por Harry Dean (Caine) y que es, sin duda, una copia perfecta de ellas. Aprovechándose de esta circunstancia se teje una sofisticada trama donde un ladrón y un traficante de arte tratan de apoderarse de lo ajeno. Un plan perfecto y sin fisuras. Una realización fallida…¿O no?. Descúbranlo ustedes mismos. Les dejo una pista. Gámbito: Jugada de ajedrez en que se sacrifica una pieza menor con el fin de lograr un objetivo más alto. Una especie de doble juego, vamos.

No puedo finalizar sin decirlo: El trabajo de Caine y Lom roza la perfección pero Shirley MacLaine está en una especie de plano astral distinto: ¡Maravillosa!. Como les decía al principio, ella, por si sola desnivela la balanza. 
 
Puntuación: 7,40 
 
 

domingo, 13 de septiembre de 2020

UNA MUJER MARCADA (BUTTERFIELD, 8) (DANIEL MANN, 1960)


 

Comentar una película como Butterfield 8 y hacerlo de modo que el comentario no resulte cansado y si es posible sea breve, es un problema cuya única solución pasa por centrarnos casi exclusivamente en la figura de una de las mejores actrices que ha dado el mundo cinematográfico: Elizabeth Taylor. Laurence Harvey quien sin duda tiene sus valores como actor es prescindible y sustituible, Eddie Fisher, colocadísimo a dedo por su esposa, no es que aporte poco, es que no aporta nada. Y del resto del elenco es mi obligación indultar a Mildred Dunnock en su papel de madre de Gloria Wandrous (Liz Taylor). En cuanto a Miss Taylor el cine es su hábitat natural, algo así como el mar donde se mueve con la suavidad y la sensualidad de una sirena de los trópicos. Tanto es así que, cansada, molesta, y obligada a fuerza de un contrato procedente de su época infantil, a protagonizar una última película para MGM so pena de no poder interpretar Cleopatra de Mankiewicz para la 20 Century Fox, accede a hacerlo, y su trabajo, sea por la rabia y el malestar que siente, sea por la madera de actriz que lleva dentro, sea por la profesionalidad que siempre ha mostrado, se convierte en un trabajo magistral por el que acaba consiguiendo el Oscar tras tres oportunidades perdidas.

En sus declaraciones Liz Taylor siempre pareció detestar esta película añadiendo además que el Oscar de la Academia le había sido otorgado algo así como por compasión puesto que en los meses posteriores al film había estado enferma. Tratando de ser objetivo, el Oscar es merecido. Además, el hecho de arrebatárselo a una Shirley MacLaine inmensa en El apartamento, dice muchísimo.  Ahora bien, haberse dejado en el tintero de las estatuillas del último trienio, interpretaciones como las de “De repente el último verano” o “La gata sobre el tejado de zinc caliente”, especialmente esta última, hacen que me cuestione la posibilidad de una cierta operación de compensación o desagravio.

Pero no restemos. Hay que sumar méritos porque Elizabeth Taylor unió siempre a su belleza su  superlatividad  como artista, y en esta interpretación de “Una mujer marcada” (por una vez, un título hispano acertado) nos regala el auténtico retrato de una mujer cuya adolescencia trazó su vida. La marcó como acertadamente desvela el título. A partir de ahí su existencia es una búsqueda inconsciente de alguien que la rescate, de alguien diferente:

- "Gracias por no llamarme nena, monada y carita de muñeca

Y cuando la fatalidad parece doblegarse, cuando los sueños reaparecen y hasta el diván del psicoanalista queda vacío, un abrigo de visón se interpone entre ella y un futuro distinto y esperanzador. Y de nuevo, como en tantas películas o incluso como en la vida misma, el “volver a empezar” se desintegra en la nada de la dura realidad, y solo quedan un abrigo arrojado a sus pies como pago de su tiempo y de su cuerpo y el recuerdo de una historia vivida con la curiosidad sexual de los 13 años:

 

“Me enseñó mucho más sobre el mal de lo que debe saber una chica de 13 años”

“Gloria, calla”

"No has oído lo mejor todavía. ¡Me encantaba!"

 

Resumiendo, un tema escabroso y difícil y una interpretación excelente de una actriz única. Sin embargo esa sensación de realidad vívida y descarnada que nos deja la actuación de Liz, se pierde con el resto (Mildred Dunnock indultada) hasta diluirse en la superficialidad más absoluta. La solista despunta en un solo magistral. La orquesta languidece y no acompaña y el gesto de un bostezo se vislumbra en el escenario

Puntuación: 7,40


 

miércoles, 26 de agosto de 2020

CORAZONES EN FUGA (MICHAEL POWELL - 1969)

 

                                                                                                                                                                       

 La presencia de Helen Mirren resulta ser un reclamo absolutamente determinante en la decisión de dedicar ciento cinco minutos de nuestro tiempo a ver este trabajo de Michael Powell, bajo mi consideración un excelente director británico en la década de los 40 y del que tampoco olvidamos “El fotógrafo del pánico” rodada en 1960. En 1969, Powell escenifica aquello de que “el que tuvo retuvo” con resultados discretos y prueba de ello es esta “Corazones en fuga” título españolizado para un original “Age of Consent” cuya sugerencia de comportamientos sexuales consentidos, además de no corresponderse exactamente con la realidad argumental del film no resultaba ni política ni religiosamente correcta para nuestra mentalidad celtibérica.

La gran señora de la interpretación que es hoy Helen Mirren multiplica el interés por sus primeras interpretaciones y si encima tiene como “partenaire” a un clásico como James Mason de quien sólo reseñaré aquí Lolita de Kubrick por la “aparente” analogía temática con esta película, es lógico considerar que nuestra opción por este film es totalmente acertada. Sin embargo de las expectativas a lo realmente obtenido, o en castizo, del dicho al hecho, va un trecho.

La desnudez íntegra allá por el año 1969 resultaba un asunto escabroso. El film sufrió recortes y alteraciones incluso en Gran Bretaña rodeando al film de una cierta polémica. Ahora bien, visto desde la distancia temporal que supone medio siglo de evolución de la especie humana (en aquello en que ha evolucionado) la película ha acabado por parecerse a un producto de la factoría Disney con personajes estereotipo en las historias infantiles y entornos naturales como la Gran Barrera de Arrecifes australiana, exquisitamente fotografiados, en donde un pintor (James Mason), hastiado de las grandes urbes y de la denigración mercantilista del arte, encuentra refugio e inspiración para sus pinturas. La presencia de Cora, una hermosa adolescente (Helen Mirren) supondrá un soplo de aire fresco en su vida, convirtiéndose en su musa, su modelo y su compañía sentimental. En rededor suyo se teje una historia que se entrelaza con sus vidas y sin la cual no existiría la película, y aunque deja sus momentos interesantes unos, curiosos otros y trágico alguno, no deja de resultar accesoria. En mi opinión, la seducción, la lascivia o la concupiscencia se han difuminado mucho a lo largo de los 50 años que pasaron para acabar dejándonos una película entretenida sin más y cuyo principal valor, para mí, reside en recordarnos el antes y sobre todo el después de una actriz que está marcando época en el planeta cine: Helen Mirren.

Por cierto, la edad real de consentimiento de Helen Mirren allá por 1969 era  de 22 esplendorosos años.

Puntuación: 6,5