Mostrando entradas con la etiqueta KING VIDOR. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta KING VIDOR. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de enero de 2009

EL CAMPEON (KING VIDOR - 1931)


Hay películas que son como una infusión de gases lacrimógenos. Y no es casual. Nada de eso. Existe una técnica de preparación. Se coge niño, preferiblemente rubito y angelical y se mezcla con padre jugador, borrachín o, mejor, ambas cosas. Se le añade conflicto familiar, ya saben, padres mal avenidos, disputas y divorcios... Kramer contra Kramer, para entendernos y después de mezclarlo bien y cocer al punto, le añadimos un chorrito de enfermedades incurables o de algún lamentabilísimo deceso, preferiblemente justo antes de servir acompañado de esperanzadoras gotas de un futuro que, desgraciadamente, se cercena por designios divinos incomprensibles para espectadores mortales. Servir, preferiblemente caliente y ya está, a sorber lagrimones.

Menos mal que El campeón de Vidor nos deja, a diferencia del de Zeffirelli, una soberbia actuación de Wallace Beery y otra performance magistral de Jackie Cooper, actor infantil que ya tenia en su poder el record de haber sido el nominado al Oscar al mejor actor más joven (9 años) por Skippy de Norman Taurog. Su trabajo conjunto, de la mano de King Vidor, es mas que notable y entre todos ellos componen una buena y lacrimógena película que también estuvo nominada a los académicos premios.

Película y director, se quedaron simplemente en nominados (lo cual no es poco) pero faltaba algo, no sé bien qué. Tal vez una madre (Irene Rich) menos veleidosa, más convincente y sobreactuando menos. La intensidad del drama familiar se rompe por ese lado. Y eso lo acusa la película.

Un poco de desahogo sentimentaloide siempre viene bien. Es absolutamente necesario para descargar tensiones y esas cosas. No obstante no acabo de congeniar demasiado con esas películas que, desde que son un pequeño proyecto en la mente de sus realizadores ya se están haciendo predicciones, no de los futuros ingresos en taquilla sino de los pañuelos que se van a utilizar. No obstante, en este terreno, la de Zeffirelli gana a los puntos, nunca mejor dicho.









jueves, 11 de septiembre de 2008

STELLA DALLAS (KING VIDOR - 1937)


Stella Dallas quizás no sea una gran película pero sí un excelente personaje de esos con los que sueñan las grandes actrices. La variedad de matices que ofrece hace que sólo esté al alcance de las más grandes. Y aquella Bárbara Stanwyck de los años 30, era una actriz en formación pero que ya había dejado excelentes muestras de su talento. Recordemos, sin ir más lejos, La mujer milagro y La amargura del general Yen, ambas de Capra.

Bárbara coge el papel y, para mi, lo borda. Lo hace suyo. Bárbara y Stella se confunden. ¿Quién es quién? Esa es la grandeza de la interpretación. Luego está la película en si. Un tanto ñoña y si me apuran cursi, especialmente en el personaje de Laurel, o, si lo prefieren, demasiado efectista buscando reacciones lacrimógenas por parte del espectador antes que reflejar situaciones verosímiles.Pero esto es cine, y el cine tiene sus artimañas y sus trucos y sus reglas de juego. En el cine de siempre, igual que ahora ocurre en la guerra de las televisiones, se buscaban audiencias, cuantas más mejor. Y el estudio psicológico del espectador aconsejaba regalarle situaciones de melodrama puro y duro. De los de rompe y rasga. De los que hacen inevitable una lágrima cayendo sobre las arenas tapizadas de las butacas.

Pero el personaje de Stella Dallas, con su colección de estrambóticos sombreros, pieles de zorro baratas y vestidos cuajaditos de volantes, es algo especial. Duro de pelar. Sólo para actrices privilegiadas como ella.


Momentos cumbres de la película hay muchos y en todos ellos está Bárbara Stella. En algunos, como en las literas del tren, está con su hija Laurel (Anne Shirley) y en otros, como la noche de Navidad está sola con
ella misma eligiendo y retocando su vestido en una especie de postrero canto del cisne ante un amor que se escapa irremediablemente. Y por descontado, en el momento cumbre de su vida está sola y apoyada sobre la frialdad de una verja.