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miércoles, 11 de febrero de 2009

DE ISLA EN ISLA (TAY GARNETT - 1940)


Cinco años antes, en 1935, Tay Garnett nos había llevado de la mano del capitán Clark Gable por los exóticos mares de China (China sees) y ahora repetimos crucero con De isla en isla, producción de Universal Pictures a mayor gloria de Marlene Dietrich quien acababa de interpretar para ellos, Arizona (1939) de George Marshall.

Un primer apunte: El "turístico" título hispano difiere en lo sustancial del original Seven Sinners (Siete pecadores) que no estaban las cosas para tentar al diablo más allá de lo imprescindible. Y si por medio está Marlene Dietrich es prácticamente seguro que los pecadores serán mas de siete y que el pecado, con seguridad, no es el de la gula, ni siquiera el de la pereza.

Y es que Marlene, precursora de aquella "Bella del pacífico" (Rita Hayworth) de Curtis Bernhardt del año 53, se mueve como pez en el agua de los cabarets, salas de fiesta y locales de entretenimiento a uno y otro lado de los mares, especialmente si entre los parroquianos anda la soldadesca. Recordemos sino Morocco con el legionario Gary Cooper o esta película con todo un destacamento de la Armada encabezado por un John Wayne que, de haber sabido que le esperaba una Bijou andrógina y sensual, probablemente se hubiese bajado antes de la diligencia fordiana.

Porque, sin engañarse, el activo principal del film es Marlene. La Marlene de sensualidad desbordante, la Marlene seductora desde sus ambiguas vestimentas masculinas. El resto, en otro plano, incluso John Wayne, actor al que eligió personalmente Marlene Dietrich, y que estaba en la verdadera rampa de lanzamiento de su carrera. No hablemos de Broderick Crawford, Oskar Homolka, Anna Lee o los demás, que con certeza no serán recordados por su interpretación en este film. Pero Marlene, sin ser su mejor trabajo es un suma y sigue en esa línea de actriz y cantante, de misterio y seducción, de ambigüedad y feminidad que tan bien le sienta.

Imprescindible para "pecadores de la pradera" seguidores de Marlene.






viernes, 23 de mayo de 2008

MARES DE CHINA (TAY GARNETT - 1935)



Mis comentarios cinematográficos podrán ser mas o menos afortunados pero en ningún caso se mueven por razones de oportunidad. Digo esto por la coincidencia con la biografía - escándalo de Clark Gable y sus supuestos gustos en materia sexual. Suelo actuar como un antivirus frente a este tipo de cosas y poner los "ficheros infectados" en cuarentena hasta que se aclaren las cosas y además me trae al pairo de que pie cojea cada cual. Lo único que me interesa es su trabajo como profesionales de este mundo del cine y las buenas o malas vibraciones que me dejan. Eso es todo. Un Sí para las públicas virtudes. Un No, para los vicios privados.

Clark Gable, reconocido como el Rey de Hollywood, es ciertamente un muy buen actor. ¿El Rey? No lo sé. No estamos en los años 30. No somos ni Romeo ni Julieta ni estamos en la Italia medieval. Ni el tiempo ni el lugar son los idóneos para valorar este tipo de cosas, máxime si consideramos que tras una crisis como la bursátil neoyorkina y el descalabro económico general, la gente buscaba buques insignias del sueño americano a los que aferrarse y que mejor que Hollywood y galanes seductores como Gable para olvidar penas y quebrantos financieros. Y si es al lado de Jean Harlow y Rosalind Russell pues mejor que mejor.



Mares de China es una realización de Tay Garnett puesta al servicio de Clark Gable. Un traje a medida. Un producto diseñado especialmente para un público que demanda comedias románticas y aventuras suavecitas, de esas que dejan buen sabor de boca. Y Garnett satisface las demandas de los espectadores con un Gable en la cresta de la ola, una Harlow seductora y simpaticona y otros actores de renombre (Wallace Beery, Lewis Stone). Se ha dicho que el mejor activo de la película es su plantel de actores y es cierto, pero sería injusto no reconocer el mérito de ciertas secuencias como la del piano en plena tormenta ó la turbulenta cena aderezada con las sátiras de Jean Harlow a la aristocrática Russell.

En resumen, película discreta pero distraída, a gloria de un rey que en el mismo año 35 rodó un peliculón como Rebelión a Bordo y que siempre será aquel Rhett Butler que el tiempo - cinematográfico - nos dejó...