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jueves, 22 de julio de 2010

EL JUEZ PRIEST (JOHN FORD - 1934)




Somos los que somos y vivimos el tiempo que nos ha tocado. Por ello, cuando jugamos a juzgar acontecimientos que pasaron hace un siglo son inevitables errores de apreciación. Nuestra vista de águila se queda miope ante hechos ocurridos en los s. XIX y XX, "retratados" en el año 1934 por el maestro John Ford.

No estoy afirmando ni negando que el juez Priest existiese realmente, solo digo que la guerra civil americana dejó huellas inevitables, que la situación de los negros en USA ha pasado por distintas etapas, la mayoría de ellas injuriosas para ellos y que esto resulta difícil de apreciar desde distancias físicas y, especialmente, temporales.

Por muchos julepes de menta que aparezcan y por mucho juntar caramelo como entretenimiento festivo, la película tiene profundidades que solo los grandes genios del cine saben transmitir. Y Ford es un genio. Lo digo con conocimiento y sin excluir del Olimpo de los Genios a otros grandes realizadores antiguos o actuales. Hay más, pero Ford está entre ellos. Y si alguien ve esta película como simplona, meliflua y acaramelada es que se ha quedado justo a las puertas de un umbral que el gran Ford nos ha invitado a traspasar.

Ford nos acompaña en la visita a una comunidad rural sureña, orgullosa de su pasado, que ha sobrevivido a sus derrotas con el orgullo intacto. Una comunidad donde la posición de los negros no es fácil por mucho que parezcan vivir en un happy party continuo entre canciones, espirituales y aleluyas. No es casual que en el inicio del film un juez Priest más interesado en las viñetas del periódico que en el proceso que dirige, evite, con la suficiencia de quien lo hace todos los días, el linchamiento de un hombre de color acusado de robar un pollo. Esta es la forma en que Ford nos presenta a la cordura y al buen juicio. Sentadas en el estrado, sin toga pero con el espíritu de la justicia intacto.

Ese talante conciliador lo aplica Priest en todos los órdenes de su vida, tomando partido por las causas que lo merecen y apoyándolas de pensamiento y obra, dándole a todas las cosas su justo valor y elevando lo accesorio al terreno de lo fundamental. La improvisada orquesta callejera tocando, frente a la ventana abierta del tribunal, himnos patrióticos capaces de levantar el alma sureña, no es baladí.

Los negros no siempre estarían cantando. Coincido plenamente. Pero no puede decirse que no hubiera personajes con sentido de la responsabilidad, amantes de la verdad y respetuosos con sus semejantes fuesen del color que fuesen. Creo que coincidirán conmigo. Esta es la versión de un "humanista" del cine como Ford en una de sus películas iniciales, cuando aún no se sabía que Ford fuese Ford y la crítica se cebaba más de lo acostumbrado especialmente si blancos y negros confraternizaban más de lo políticamente correcto.

Ford afirmaba que esta era una de sus películas favoritas. En realidad, lo eran todas aquellas películas que sufrían las injustificadas iras de críticos con anteojeras.




sábado, 12 de junio de 2010

EL GRAN COMBATE (JOHN FORD - 1964)


Sí. Ya lo sé. Las localizaciones son erróneas. Los cheyennes, cuentan las crónicas, estaban confinados en Oklahoma y no debían atravesar Monumental Valley (Utah) para regresar a sus tierras. Pero, Monumental Valley es una hermosura como escenario. ¿La fotografía en color de William H. Clotter nominada al Oscar? Cantado. Y de no haber sido por Cukor y su My Fair Lady, que era mucho toro que lidiar, premio seguro. Porque al buen hacer de Clotter se le unía ese ojo mágico de John Ford que aún con 69 años entre sus párpados tenía una cámara en lugar del globo retiniano.

Si esto fuese un documental del Canal Historia pues me indignaría muchísimo estos cambios de entorno, pero cuando de un western y del genio Ford se trata, lo agradezco y me maravillo ante ese plano, o secuencia, o como se llame, de los militares lanzados al galope sobre las arenas desérticas y bajo un sol de justicia. Yo lo llamo: Belleza plástica.

Y puestos a hablar de justicia, chapeau por Ford quien, con el exilio de los Cheyenne, revindicó la figura de todos los indios. Y si esa reivindicación pasaba por deteriorar la imagen del hombre blanco, pues no pasa nada. El público es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que en todos los tiempos hubieron canallas de todos los colores de piel. Por lo general, en cine, los asesinos impíos y detestables son los pieles rojas, pero Ford, por eso (y otras cosas) era un maestro, puso su cámara en el extremo opuesto.

Excelente Richard Widmark. Discrepo de quienes lo comparan con John Wayne, aunque no dejo de reconocer que es una comparación inevitable. Bien Carroll Baker. Respecto a James Stewart resulta curiosa su presencia. Junto a otros dos grandes: John Carradine y Arthur Kennedy ocupan lo que podría denominarse el intermedio del film. O sea que Ford no dejaba ni a los caballeros acercarse al aseo ni a las damas a la toilette.

No es una obra perfecta. Tiene sus gazapillos, digámoslo así. Por ejemplo ¿Cómo pudieron encerrar a medio centenar de indios en barracones cerrados a cal y canto sin registrarles previamente y quitarles las armas? Se lo perdonamos porque es Ford y porque la película es maravillosa con momentos notables. Esa estoica formación inicial de los indios con su jefe a punto de desplomarse es una secuencia mágica de un cine mágico, el de un John Ford que mimaba cada plano con la meticulosidad de un orfebre.

En una ocasión tuvo al personal preparado y de pie durante más de tres horas esperando que la longitud de las sombras fuese la adecuada. Y es que la genialidad no es un don que se reparte caprichosamente al primero que pasa por ahí. No. La genialidad hay que currársela.

sábado, 12 de septiembre de 2009

RIO GRANDE (JOHN FORD - 1950)


"Mi nombre es John Ford y hago westerns". El cine compendiado en una frase. Evidentemente incompleta como todas esas frases lapidarias, pero muy ilustrativa de por donde "van los tiros". Porque John Ford es un director genio entre los genios. Con obras mayúsculas y geniales como Las uvas de la ira o Que verde era mi valle. Pero si jugamos a asociar palabras, Ford se asocia con western. Y entre los westerns, por descontado La diligencia. Y también la trilogía de la caballería: Ford Apache, La legión invencible y Rio Grande. 3 películas y un estilo. El estilo de un maestro.

Probablemente hasta aquí la unanimidad sea completa. A partir de aquí comienzan las comparaciones, esta es mejor, esta es peor, la búsqueda de las 7 diferencias que no errores, etc. etc. Por mi parte me apunto al carro de los que prefieren Fort Apache. Película 10 de John Ford. Y es que debo confesarles un pequeño secreto, uno de mis juguetes preferidos de mi más "tierna" infancia fue un fuerte, construido palo a palo por mi padre en aquellos tiempos donde la tele todavía no marcaba las horas. Apostados en sus empalizadas situaba estratégicamente los soldaditos americanos tan buenos ellos disparando sin errar un tiro contra los emplumados sioux. Seguro que la sombra de Ford ya era por aquel entonces alargada y la idea de tal bricolaje debió ocurrírsele a mi progenitor viendo alguna película suya.

Bueno, dejo ya de hablar de la edad de piedra y me centro en Rio Grande. Y sin desdecirme para nada de mis preferencias, quiero romper una lanza en su favor. Podría romper muchas otras cosas pero las lanzas como las flechas abundan en el cine de Ford. Y la rompo porque entiendo que, sin ser una película magistral es un trabajo muy fordiano, donde las constantes del cine de Ford nos visitan de nuevo. Y es una visita muy grata.

Ford nos ofrece una visión épica del western, evidentemente desde el lado de las barras y estrellas, pero revistiendo la épica de humanidad. Sobrecoge el inicio del film donde las mujeres con el corazón encogido buscan a sus hombres entre los soldados de la patrulla que regresa. El Oeste salvaje es menos salvaje con Ford. Más humano. Y en ese sentido son comparables los westerns de Jacques Tourneur y John Ford. Sin embargo Ford es único en cuanto a acción, a galopadas a toque de corneta, a diligencias, a carromatos. Y aquí hay de todo eso. Mucho y bueno. Pero se le va la mano en cuanto a las dosis de familia "unida", otro tema muy querido de Ford. La presencia del hijo y la mujer del coronel (John Wayne) desvían demasiado el foco de atención del conflicto que no es otro que las contiendas fronterizas con los indios y las limitaciones políticas al cruce del Rio Grande. Puestos a prescindir, el personaje de la esposa interpretado por Maureen O,Hara, con todo lo maravillosa actriz que era, podría haberse suprimido perfectamente en los papeles. Alguien dijo que estarían entrenando para El hombre tranquilo. Con total seguridad.

Insisto la película es excelente sin llegar a la condición de magistral. En la escena de la serenata en honor de la señora York observen como la cámara no retrata rostros sino sentimientos. Puro Ford. Los planos fotográficos supliendo a las palabras. A eso, evidentemente, no podía jugar de chico. La vida me lo enseñó después...




sábado, 4 de abril de 2009

FORT APACHE (JOHN FORD - 1948)





Fort Apache es... todo lo que me gusta de John Ford. La aventura, los combates entre los indios y los americanos, las galopadas a toque de corneta, los carromatos siempre a punto de derrape, Monument Valley, la violencia justa, el valor necesario, el sentido del honor y el del humor, los mismos secundarios de siempre, tan excelentes como siempre, el hombre tranquilo (John Wayne) a quien ningún director le sacó tanto partido, los primeros planos, ese segundo justo que la cámara se detiene sobre un rostro para retratar un sentimiento, la familia con lo que conlleva y por encima de todo, su capacidad para filmar la naturaleza humana.

Además en Fort Apache, John Ford rueda el nacimiento de un mito, muy en la línea del General Custer, el de un "heroico" militar, el coronel Thursday, complicado personaje al que mueven los hilos de una deshonrosa degradación y que no duda en anteponer prestigios personales a intereses colectivos. Magnífico. Magistral Henry Fonda. Resultar odioso no es nada fácil para un actor y él lo consigue con su intolerancia, con su prepotencia, con su infamia para con los apaches al mando de un juicioso Cochise. La figura de los "salvajes" indios se engrandece con Ford y aunque eso no resulte atractivo para aficionados al western de americanos buenos e indios malísimos y sanguinarios, el Oeste resulta mucho más real y menos comic de ficción. Y el mito nace. Con su carga de falsedades históricamente convenientes y sus verdades anónimas. Con los verdaderos protagonistas entre las bambalinas de una historia corroborada por los silencios de quienes pudiendo hablar, callaron. Como el capitán Kirby York (John Wayne), anónimo y sin monumento al héroe desconocido.

Aunque su aire de bobalicona porcelana queda bastante bien para esa trama romanticona frecuente en la mayoría de westerns, no creo que Shirley Temple sea la mejor de las ladys fordianas. Puestos a elegir, Maureen O,Hara, Linda Darnell o la misma Joanne Dru hubiesen ofrecido más jugo o cuanto menos un jugo distinto. Respecto a los de siempre, Ward Bond y Victor McLaglen, soberbios en sus roles pura cepa O,Rourke.

Para Welles, los tres mejores directores clásicos estadounidenses fueron, según él mismo, John Ford, John Ford y John Ford. Yo me quedo con el primero, o con el último... Bueno, con el otro también.

Los 10 también existen. Para películas como ésta.



lunes, 30 de marzo de 2009

LA RUTA DEL TABACO (JOHN FORD - 1941)



Realizada inmediatamente después de Las uvas de la ira y justo antes de ¡Qué verde era mi valle!, La ruta del tabaco comparte con ellas, temas como la familia, la depresión y la supervivencia. Ambientada en un medio rural en otros tiempos rico gracias al cultivo del algodón, la película nos muestra la cara más dura una sociedad en crisis donde los bancos se hacen con la propiedad de la tierra obligando al duro desalojo de los colonos.

Sin embargo, John Ford cambia la fuerza y el coraje de Tom Joad y su familia (Las uvas de la ira) por la imaginación y la picardía de Jeeter Lester, un tanto en esa vía de "buscarse la vida" que tan bien retrató Quevedo con su Buscón, si bien algunos siglos después. Es un símil muy traído por los pelos, dado que el pícaro nacional no es una figura exportable, pero sirve para ubicar la temática de un film ¿menor? que Ford realiza en clave de ese tipo de humor que asoma penas detrás de las sonrisas. Un humor que se sostiene sobre personajes exagerados y rozando lo grotesco, que, a diferencia de la familia Joad, se aferran a un terruño tan ancestral como improductivo, donde un nabo es un tesoro capaz de hacer arrastrarse por los suelos a una Gene Tierney tan primeriza como hermosa y donde un coche es apenas un objeto de intercambio y a la baja.

El contraste entre lo burlesco y la cruda realidad de la depresión en el medio rural restó aceptación a la película en una época en la que el cine "debía" vender optimismo y actitudes emprendedoras y no abulias, perezas y delincuencias por muy pequeñas que fuesen. Tal vez las críticas no fueron demasiado hirientes por tratarse de John Ford, pero no gustó su retrato social pesimista.

Vista desde la distancia que dan los años y una cultura muy distinta, el film presenta sus atractivos. Personajes cuasi imposibles, diálogos humorísticamente depresivos y el retrato deformado de un tiempo y un en lugar, la hermana Bessie, su herencia y sus himnos ¡Aleluya!, El chillón hijo bobo y sus bocinas, la silenciosa, sucia y enamorada hija, el yerno y sus principios machistas seculares, la madre y su algo de cordura, y el buscón Don Pablos, digo Don Jeeter Lester, genio y figura.

¡Aleluya! Hermana Bessie ¡Aleluya!



sábado, 22 de noviembre de 2008

NO ERAN IMPRESCINDIBLES (JOHN FORD - 1945)

Lindsay Anderson director de Las ballenas de Agosto calificó No eran imprescindibles como el mejor trabajo de John Ford. No me atrevo a confirmarlo pero tampoco a negarlo. Es cierto que Ford será siempre recordado por sus westerns humanizados y muy justitos en lo que a violencia se refiere pero They were expendable (me gusta mas el título original) no deja de ser uno de esos westerns donde las diligencias y el Ponny Express se sustituyen por lanchas torpederas y los héroes anónimos cambian las arenas de los desiertos del salvaje oeste por las aguas azules de un océano que no hace honor a su nombre, el Pacífico.

Ford, que acababa de regresar del conflicto donde había filmado documentales para la Marina, con la ayuda a la dirección del propio Robert Montgomery (realmente un oficial de navío) compusieron este homenaje tanto al soldado anónimo americano como a la figura del héroe John Bulkeley al que en el film se apellida Brickley y es interpretado por un Montgomery que prestó verdaderos servicios en Filipinas y donde, de nuevo, se cuenta con la participación de los "habituales" John Wayne y Ward Bond y también de Donna Reed que borda un papel de enfermera enamorada que la productora metió un tanto con calzador en el argumento.


Resulta sorprendente para quienes observamos estos acontecimientos desde la óptica que dan los años, esa simultaneidad de sentimientos encontrados: Por una parte el malestar y desesperación de los soldados por no entrar en acción. Por otra, el soldado temblando de miedo. ¿Real? Seguro que si. Ford filmó sus recuerdos. No se detuvo en la exposición macabra del horror que haberlo háilo. Lo dibujó con trazo fino. Tan fino que ni siquiera encontramos un rostro de soldado enemigo. Seguramente daba igual. El miedo y el coraje no precisaban de facciones reales o contornos definidos. Lo desconocido también aterra. La metralla, venga de donde venga, con su carga de muerte y destrucción también enciende los ánimos.





lunes, 17 de noviembre de 2008

CARAVANA DE PAZ (JOHN FORD - 1950)


Las constantes vitales del cine de Ford a que me refería en La legión invencible se mantienen aquí. Sigue siendo un cine familiar donde la lealtad y los sentimientos se sitúan en un primerísimo plano, con su justa comicidad y sus actores habituales. La ausencia de John Wayne se suple con profesionales de la talla de Ben Johnson, Ward Bond o Joanne Dru, todos ellos ligados a Ford por muchas horas de vuelo o, mejor dicho, de cabalgadas y diligencias.

Incluso hay quien ha comparado este film como un poema en imágenes. Tal vez resulte excesivo. Sin embargo la caravana se mueve más por el impulso de la fe y de las ideas de la comunidad mormona que por la energía de los caballos. Y en esta misma línea, la violencia es la justa y necesaria para que podamos encuadrar la película dentro del género western.

Pero es de esos westerns que se renuevan con los años. Con los años de la película pero sobre todo con los nuestros. La juventud echará de menos la pólvora y las masacres de pieles rojas o batallas como la de Little Big Horn. La madurez agradecemos las historias bien contadas y repletas de ideas con sentido.

John Ford nos vuelve a seducir con unos paisajes hermosísimos y perfectamente filmados. Nos vuelve a intrigar con sus primerísimos planos significativos y nos gana para la causa de una buena historia.

Y la hermana Ledeyard (Jane Darwell, otra habitual) tocando el cuerno, una delicia para los ojos y un tormento para los oídos.

Es John Ford. Un maestro.


martes, 11 de noviembre de 2008

LA LEGION INVENCIBLE (JOHN FORD - 1949)


El cine de John Ford tiene sus constantes vitales. La familia, los sentimientos, la lealtad, las situaciones cómicas y un descarado toque irlandés son algunas de ellas. En ocasiones hay que sumarle el Far West como escenario y la Caballería como ejemplo de valor, integridad y servicio. Y siempre o casi siempre: John Wayne.

Este es su cine. Lo tomamos o lo dejamos. Para muchos resulta demasiado dulzón como si las flechas comanches fuesen dardos de Cupido. Y aunque es bien cierto que Cupido suele presentarse con éxito a los castings de Ford sus películas van más allá y se sumergen con tacto y delicadeza en las profundidades humanas. Tomemos como ejemplo la convulsión interior del capitán Nathan a consecuencia de una jubilación inminente o en el diálogo magistral con el jefe indio: "Somos viejos para hacer la guerra pero podemos impedirla".

Yo soy de los que tomo el cine de Ford. De los que me gusta su "violencia" imprescindible y descafeinada. Cuando quiero sublimarla me encomiendo a Peckinpah lo mismo que cuando quiero ver la cara humana y doliente me refugio en Tourneur. Pero Ford me regala los valores humanos de la aventura, las flores ante una lápida o el calendario con que el protagonista pretende engañarse a sí mismo llenándolo de cruces. Ese es el Ford que me gusta.

Las diligencias, las cabalgadas a través de espléndidos escenarios naturales, los indios con sus majestuosos gorros y sus pinturas de guerra me devuelven a mis años infantiles con aquel fuerte de madera y los soldados apostados. Pero el resto, me ayuda a mirar al frente...








sábado, 27 de septiembre de 2008

LA CONQUISTA DEL OESTE (JOHN FORD, HENRY HATHAWAY, GEORGE MARSHALL - 1962)


La conquista del Oeste es una muy buena película. Vaya eso por delante. Lo de obras maestras se ha puesto cada vez más difícil entre otras cosas porque a medida que vamos viendo cine y más cine, nos hacemos superexigentes. Pero al Cesar lo que es del Cesar y How the West Was Won cumple con todas nuestras expectativas especialmente si se ve por primera vez hace ya algunos años y en aquel cinerama absolutamente espectacular. Luego me he enterado de sus muchísimas deficiencias, tantas que aparcaron el proyecto. Pero esa es otra historia. La que ahora nos ocupa es la historia del Oeste...

Porque de eso se trata. Del Wild West. Con sus tramperos, sus piratas de río (por cierto con un Lee Van Cleef previo a su etapa Leone aunque con un largo historial “delictivo”), su fiebre del oro, sus esperanzas, sus tahúres, sus indios, el Ponny Express, la guerra civil, el ferrocarril... Todos los elementos que han configurado todos y cada uno de los western que hemos visto, estructurados perfectamente en capítulos unidos a la perfección por los avatares de dos familias, los Prescott y los Rawlings, a su vez entrelazadas entre ellas.

¿Un plantel de actores excesivo? Como decimos por aquí, nunca por mucho trigo fue mal año (en España tenemos refranes para todo) Y encontrarse con todos ellos pues a mi me gustó. Algunos mejor que otros. Evidentemente. Solo voy a citar a una actriz olvidada en el reparto dado por Filmaffinity: la gran Thelma Ritter (¿O es que nadie se acuerda de su candidatura al Oscar a la mejor actriz secundaria por Manos Peligrosas de Samuel Fuller?).

¡Ah! Y la música de Alfred Newman toda una leyenda. Inolvidable. Western y BSO se identifican. Se hacen una sola cosa.






Tres directores de excepción y entre ellos el Ford más genuino. Ese que da importancia a la vida, a la familia y a los sentimientos en las condiciones más adversas, ya sea el trabajo en la mina, la supervivencia de la emigración o, como en este caso, en la guerra de americanos contra americanos. Un Ford que, como es habitual en él, ensalza en su medida justa (es decir las agiganta como se merecen) la figura abnegada de las madres y que no solo filma un concierto de balas sino también una sinfonía de sentimientos.


Acabo con la espectacularidad de una escena que me sobrecogió de joven, la de los búfalos en estampida. Vista en Cinerama me hizo sentir indefenso. Casi debajo de sus pezuñas. Hoy los años y las 625 líneas cambiaron el efecto. Pero aun así... ¡ Chapeau !


¿No es el mejor western de la historia?, ¡Que más da!






jueves, 7 de agosto de 2008

HURACAN SOBRE LA ISLA (JOHN FORD - 1937)






Breve sinopsis:

La idílica vida en los Mares del Sur se ve alterada por el injusto encierro en prisión de un navegante nativo. Los conceptos de ley y deber del gobernador de la isla crean una atmósfera de tensión que culm
inará con la llegada de un arrasador huracán.

Película sorpresa (para mi) que me es muy grato poder recomendar a todos los amantes del cine en general. Es cierto que se rodó en los años 30 donde los efectos especiales eran cosa de artesanos que previamente, cual Potter en formación, debían haber pasado por una escuela de brujería tipo Hogwarts, y que si hacer películas “normales” ya era difícil y costoso, rodar producciones innovadoras y atrevidas era una ruinosa locura.


Pero nadie contó con un productor como el famosísimo Samuel Goldwyn, con un director como Ford, un guionista como Dudley Nichols, un genio de los efectos como James Basevi quien en 1936 ya rodó el famoso terremoto en “San Francisco“, con un director asociado como Stuart Heisler (según Ford la verdadera fuerza conductora de todo el proyecto). ¿El resultado?: Para muchos críticos, la película pionera de aquellas producciones catastrofistas de los 70, tipo Terremoto ó El coloso en llamas, con una calidad insuperable para la época por lo que a FX-Efectos climatológicos y naturales se refiere, aunque a mi parecer, un poquito de color le hubiese venido de perlas a esos mares del Sur cuya belleza presumimos mas que constatamos.



Pero salvando las inevitables distancias técnicas entre películas de los 30 y de los 70, Hurricane es mucho más que una producción catastrofista y, en este sentido, supera a las más modernas antes citadas.Aquí hay una historia plenamente interesante, de injusticias e impiedades, de amores y de convivencias entre pueblos. Y esa historia, por si sola, sin aderezos trágicos, ya resultaba cautivante. El huracán es la guinda a un hermoso pastel de uno de los chefs de pastelería por excelencia como John Ford y con unos ingredientes de primerísima categoría. La interpretación de Thomas Mitchell es algo para recordar y enmarcar. Pero, el resto de actores dan la talla absolutamente. Vean sinó a Raymond Massey en el papel de gobernador de la isla. La música de Alfred Newman acompaña a la perfección y la batuta fordiana es el toque final de una obra semidesconocida pero magistral.

Aquellos films de los 70 eran supervivencia, pura y dura, resistencia a unos elementos exageradamente adversos. La vida, algo que, como el valor, se suponía. En Huracán sobre la isla, la vida no se supone, la vida existe y se palpa, la contemplamos, con sus alegrías y sus injusticias, con sus despedidas y sus regresos. De alguna forma el huracán, aún destrozándolo todo a su paso, viene a poner las cosas en su sitio. Viene a devolver la cordura en forma de troncos que el mar arrastra solitarios después del desastre.




miércoles, 30 de julio de 2008

SIETE MUJERES (JOHN FORD - 1966)




La llegada de una doctora a una mision norteamericana en China, supondrá la alteración de sus anticuadas costumbres y la supervivencia del personal femenino ante la invasión de los bandidos mongoles.


No podemos valorar esta película desde la óptica del 2008. Sitúense en 1966. Ciertamente resulta complicado. Miradas lesbianas pecaminosas. El varón domado. Una doctora en lugar del esperado doctor. La fuerza bruta de la incultura asiática. ¿Dónde está Dios? ¡Que baje a ayudar!... “Escándalo, esto es un escándalo...”


Y en medio de todo este berenjenal, un John Ford en el ocaso de su carrera y de su vida. ¿Pero no era machista este Ford? Tanto John Wayne, tantos Centauros del Desierto, hombres tranquilos y sargentos negros. Sorpresa, sorpresa. Ahora se descuelga con nada menos que siete mujeres y sin convencionalismos ni sexuales ni religiosos. Todo en cuestión. Disección a la psicología femenina. ¡Y lo hace bien! ¿Alguien lo dudaba? Y es que Ford aún en el fin de sus días, enfermo y con alguna copa de más, sigue siendo el Ford genial de Las uvas de la ira ó La Diligencia, machista relativo, baste recordar el imponente papel de Jane Darwell como madre de la familia jornalera que le valió el Oscar a la mejor actriz secundaria en el 40, e irlandés de pura cepa. Eso marca.


Ford tenía 71 años en 1966 y una larga trayectoria en sus espaldas. Un tema conflictivo y polémico como este, a cualquier otro lo hubiese hundido. No a Ford. Ford estaba en la élite de los intocables. En el Parnaso de los elegidos. Mas de 130 películas le avalaban.


No puedo omitir la fantástica interpretación del elenco femenino del film. Pero Anne Bancroft supone un punto y aparte. De quitarse el sombrero. Que lo lleva y bien puesto. A lo Wayne, como no podía ser de otra manera.


Los hombres a la altura del betún. Menos mal que Eddie Albert nos redime en el último suspiro de nuestra triste suerte...