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lunes, 10 de agosto de 2020

FORTY GUNS (SAMUEL FULLER, 1957)

 

 

 

 
 
 
Reconozco que después de ver Forty Guns mis papilas gustativas cinéfilas siguen intentando retener el sabor de la esencia Fuller. Tratando que no se desvanezca en las amnesias de la nada. La memoria retiene los condimentos de siempre: carretas, caballos, polvo desértico, pistolas, rifles, sheriffs, bandoleros, ladrones de la diligencia, en definitiva todo ese mundo western edificado en piedra incólume en nuestras retinas, pero Samuel Fuller incorpora a la orquesta tradicional del salvaje oeste nuevos instrumentos solistas: la fabricación de rifles a medida, los cantautores de baladas, los juicios express, las cenas de cuarenta ladrones con AliBarbara Stanwyck en el lugar de privilegio, los alguaciles miopes y hasta la fuerza de un tornado para subrayar la eclosión sentimental desenfrenada de nuestros protagonistas.

Sin embargo no me gusta que las películas me descoloquen y Fuller pinta su western blanco y negro con colores interiores tan excesivos que la realidad parece distorsionarse y por momentos creemos estar ante un collage donde el cantante y su guitarra parecen estar voceando su aleluya entre lutos y tumbas recién cerradas como un Velázquez observando su obra desde el interior del cuadro. Realidades de Fuller, originales y distintas, pero sin duda, excesivas, donde, por momentos,  la credibilidad alcanza su status mas bajo vendida al postor de una pseudorealidad extraña e imposible. Forty Guns es una película nacida para descolocar. Fuller lo propone, lo gesta y acaba consiguiéndolo. De ahí a la consideración de obra maestra o cine de culto solo le resta un paso y ese paso lo tiene que recorrer un espectador descolocado y al que le faltan elementos típicos del western a los que aferrarse, léase el "Saloon", el poker, los indios o los duelos en la calle principal, vacía y polvorienta.

 Y, aunque me abrume, me supere y me resista a recorrer ese paso, me gusta la película. Secuencias espectaculares, momentos tensos, instantes impredecibles, el amor en tiempos del tornado, Barry Sullivan en la línea Gary Cooper que estás en nuestros cielos, diálogos donde la verdad se envuelve en dobles y triples sentidos, planos fotográficos creativos inolvidables y por encima de todo, en el "cum laude" esa actriz de quien me enamoré en su época Capra, me dejó "perdidamente" tocado con Billy Wilder y que, cuando parecía que teñirse las canas era una necesidad de mujer, descorre el telón y se nos muestra como la gran señora de la escena que siempre fue, en una estampa ecuestre inolvidable donde la plata de sus cabellos al viento y el blanco de su montura ponen el contrapunto al negro de su indumentaria vaquera. Tras ella, cuarenta jinetes  hipnotizados por su abrumadora personalidad. Una escena que por si sola justifica la elección por Samuel Fuller y su equipo del blanco y negro como soporte fotográfico.

 Duelo de temperamentos, corrupción, recompensas,  y ese aire, pretendido y logrado de Duelo en OK Corral con Jesse James, o Frank si lo prefieren, en femenino, vienen a ser algo algo así como el mcguffin de una película donde lo importante no es el porqué sino el qué y el cómo y al que sus desmesuras tan excesivas como puntuales rebajan, a mi juicio, la nota final y la alejan de esa maestría que roza por momentos. Film que admite muchas visiones, debates y opiniones, todas válidas.

 

Puntuación: 8,30

martes, 9 de junio de 2009

UNA LUZ EN EL HAMPA (SAMUEL FULLER - 1964)

Películas como ésta son algo así como un directo al hígado. Sin tanteos previos ni movimientos de pies a lo Cassius Clay. Desde la campana de salida. Absolutamente impactante la secuencia inicial donde Kelly, que luego se desvelará como prostituta, se desmelena textualmente zurrando la badana a su representante, su chulo para entendernos. Casi no nos hemos sentado en el sillón y Fuller parece decirnos, “Abróchense los cinturones que despegamos y se esperan turbulencias”. Olvídense de sueños americanos, Disneylandias y estatuas de la libertad. Esto va en serio.

Promesas cumplidas. La vida es jodidamente dura y del barro no se sale tan fácil. No basta con mirarte en un espejo, escupirte a la cara y repetir compulsivamente, “conmigo no van a poder”. No. Fuller lo tiene claro y nos lo restriega por los morros. Las hipocresías sociales no van a permitir tu redención. Nada importa lo que digan los catecismos y devocionarios acerca de la alegría en el reino de los cielos por un pecador arrepentido. Aquí no hay arrepentimiento que valga. Vuelve al tajo que es lo tuyo. El orden establecido te redirecciona más allá del río, fuera de su jurisdicción, eso sí, después de haber alterado conjuntamente el mismo orden que se vanagloria de preservar. Hipocresías a go-go. La amiga por la que te partes la cara y se la partes a la madame, jugándote el pellejo, te vende por un plato de lentejas sin ni siquiera chorizo. ¿Dónde estamos?. ¡Por Dios!. En el paraíso USA de los 60. Criticas sociales: NO. Frenen a Fuller parecen decir, ante una sociedad americana especialmente desubicada tras los acontecimientos de Dallas.

Y en España la cosa no parece mejorar. El beso desnudo se traduce por Una luz en el hampa, seguramente para evitar perversiones pecaminosas. ¿Pretendían que recordáramos subliminalmente el rayo marisolero de luz?. La desnudez del beso tiene sus profundidades de patología psiquiátrica y nada que ver con los films de Tinto Brass o los aún nonatos films de Emmanuelles varias. Una anécdota más que no resta calidad al film, porque la tiene y es mucha como no podía ser menos viniendo de quien viene y fotografiada por un Stanley Cortez al que seguro recuerdan por La noche del cazador, esa monumental película de Laughton cuyos encuadres han quedado para siempre impresos en las retinas de cuantos espectadores la hayan disfrutado.

De la película se podrían decir muchísimas cosas. Les animo a descubrirlas por ustedes mismos. Pero les apuntaré algo más. Un film donde un gesto, una canción, un niño y un instante de desesperación y violencia dejan en desuso las palabras, es un film inteligente, de un director inteligente y que nos hace inteligentes. Nunca la inteligencia lo tuvo tan fácil. Apriétense los machos que Samuel Fuller no para en prendas.





jueves, 31 de julio de 2008

YUMA (SAMUEL FULLER - 1957 )



Breve sinopsis:

Un soldado sureño se resiste a aceptar la derrota de los confederados Emprende un viaje hacia el Oeste mas salvaje donde se integrará en la comunidad india.

Western psicológico y polémico en su tiempo. Ese conflicto personal de los perdedores de la guerra civil americana producía ciertos escozores. Por otro lado, el retrato de los soldados de Grant como los malos de la película en contraposición a los “salvajes” indios tampoco se acepta de buen grado. Y si a eso le unimos la elección de Steiger como actor principal (cabezonería de Fuller) pues, que quieren que les diga...

Pero Samuel Fuller tenía razón y hay que dársela. Rod Steiger está fenomenal y absolutamente creíble en su papel de “perdedor” en busca de independencia y sentidos a la vida. Por otro lado, los espectadores menos “chauvinistas” agradecemos que los malos no sean los de siempre. Y además habrá quien satisfaga su orgullo patrio e hispano con la presencia de nuestra Saritísima, en un papel de cierta entidad pero tirando a breve. Lo resuelve con dignidad. Cumple. Sin exageraciones.

A Samuel Fuller se le tachó de director militarista. Tal vez su participación en el conflicto bélico europeo marcó en él ciertas tendencias. Sin embargo esta no es una película “militar” en el sentido estricto del término, y aunque existe violencia, sangre y algún que otro despellejamiento, exigencias del guión, el film explora más las profundidades personales que los conflictos colectivos y se interesa más por el respeto o no de los compromisos adquiridos que por las medallas o trofeos conseguidos a golpe de pistola ó de flecha.

Excelente la secuencia de la carrera “run the arrow” (que por cierto me recordó The naked prey de Cornel Wilde) como de excelente puede calificarse la fotografía y la labor de los actores, Brian Keith, Charles Bronson, Ralph Meeker y en especial, el antidivo Rod Steiger.





lunes, 21 de abril de 2008

MANOS PELIGROSAS (SAMUEL FULLER - 1953)





Probablemente Samuel Fuller sea más conocido por westerns como Yuma (con Sara Montiel) o films bélicos como Uno Rojo División de Choque. Y es igualmente probable que a muchos de ustedes les pase lo mismo que me sucedió a mi, que Manos Peligrosas ha confirmado aquello de que la vida (en este caso el cine) sigue dando sorpresas, especialmente a eternos aprendices de brujerías cinéfilas como es mi caso.


La película es la resultante de distintos elementos a cual más interesante. Por un lado está el guión del propio Fuller muy bien construido, respetuoso con eso del planteamiento, nudo y desenlace, y sobre todo, claro e inteligible, lo cual es de agradecer. Por otra parte, la fotografía de Joe McDonald, excelente en su conjunto y con algunos primeros planos de Jean Peters absolutamente seductores, así como la música que integra al espectador en la city neoyorkina, metropolitano incluido.



Y sobre todos estos elementos que conforman una gran obra encuadrable en el género del cine negro (rama política, eso si), a destacar el trabajo de los actores: Richard Widmark (de los mejores de la fila dos), Jean Peters (pura sensualidad) y sobre todo Thelma Ritter en una de esas interpretaciones que hacen historia y por la que optó a la estatuilla a la mejor actriz secundaria. Maravillosa Thelma que nos deja a todos absolutamente boquiabiertos. “No tengo nada contra los comunistas. Unicamente, me desagradan” “Soy una mujer cansada...”


Es cierto que podríamos ponerle algun pero. El anticomunismo exacerbado en ese entorno de la senatorial caza de brujas o esa relación sentimental Widmark-Peters, tan rápida como conveniente para la taquilla. Esto es cine. Y el cine tiene sus propias normas y reglas del juego. Pero eso no es una deshonra del film sino todo lo contrario un acierto muy profesional de Samuel Fuller.