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miércoles, 8 de agosto de 2012

CITA EN LAS VEGAS (GEORGE SIDNEY - 1964)





La estrella de Elvis Presley se forjó no solo en el mundo de la música sino también en el de las candilejas cinematográficas entre películas hechas a la mayor gloria de “El Rey”. Una de las producciones más afamadas es esta “Cita en Las Vegas” (Conocida también como Viva las Vegas) donde se encuentra con una actriz como Ann Margret  que por momentos se adueña claramente del film y con la que establece una relación personal muy interesante que durará toda la breve vida del chico de Memphis (que nació en Tupelo, Mississippi). 

Aunque este tipo de films iban dirigidos especialmente a los incondicionales del gran Elvis y se estructuraban de forma simple sobre un argumento poco complicado, un romance inevitable y una colección de canciones y números musicales a mayor lucimiento del artista, ello no los descalifica “per se” pudiendo resultar entretenidos para el resto de los espectadores siempre que sepamos situarnos y no esperar peras, mucho menos limoneras, de los olmos.

El dinero con el que Lucky Jackson (Elvis) piensa adquirir un motor para su coche de carreras acaba tragado por los sumideros de una piscina donde Rusty Martin (Ann Margret) imparte clases de natación. Sin dinero, Lucky se emplea como camarero de hotel e intenta por todos los medios ganar los dólares necesarios para equipar su automóvil y participar en la carrera de Las Vegas. Con su guitarra conquista el corazón de la chica y las simpatías de su padre, aunque su obsesión por la competición no acaba de convencer a Rusty. 

Todos conocemos los montajes póstumos que se organizan en la ciudad del juego, Las Vegas, con el respaldo de la imagen y los contoneos de Presley. Concursos de imitadores y hasta una propia religión con un oficiante caracterizado a lo Elvis y celebrando matrimonios al son de “Viva Las Vegas”, canción del film. Todo un fenómeno de masas, inexplicable para algunos, pero que vemos con absoluto respeto. Los mitos y sus legiones de seguidores son un fenómeno connatural a la especie humana, que en el siglo pasado y en éste ha tenido su reflejo en el mundo de la música. Los desmayos que ocasionaron Los Beatles, los imitadores de Michael Jackson o toda esta parafernalia alrededor de Elvis Presley son ejemplos de lo necesitados que estamos de modelos a imitar.

Destacar de nuevo a Ann Margret, su buen hacer, su capacidad para el baile y esa frescura, incluso desparpajo, que no la ponía nerviosa frente al Rey del rock, más bien todo lo contrario, y que establecía una electricidad voltaica entre ellos y una química no demasiado frecuente y que los espectadores percibían. El Coronel Tom Parker, manager de Elvis, no estaba demasiado de acuerdo con una fémina que parecía dejar a su pupilo en segundo plano, máxime cuando el presupuesto se disparaba desorbitadamente, pero la fuerza de la pareja era tal que terminó cediendo. La película fue un éxito de público, situándose en el puesto nº 11 de las más taquilleras del 64, y ello acabó compensando el millón de dólares de la época invertido en ella.

La mano de George Sidney (Scaramouche) da a la película un tono colorista y espectacular, especialmente en las escenas de la carrera, al tiempo que posibilita un recorrido seudo-turístico por los casinos y salas de espectáculos de Las Vegas, y eso también se agradece... Ah! Y con la ventaja añadida de que no perdemos nada ni en las maquinitas, ni en la ruleta ni el bacarrá.

Por ponerle un pero, el desinterés, rayano a la alegría macarena,  con que los espectadores (especialmente los del helicóptero) parecen tomarse los accidentes presumiblemente mortales de la carrera no es de recibo... Hombre, ya se sabe que es una película panegírico y que el chico guapo tiene que ganar “the racing” (of course), pero, sino un responso, al menos un segundillo de silencio "in memoriam" no le vendría mal.

Puntuación: 6,60

jueves, 19 de marzo de 2009

SCARAMOUCHE (GEORGE SIDNEY - 1952)


Las diferencias entre el cine de aventuras y un documental del canal Historia son tan evidentes que no quiero ocupar un tiempo precioso, para mí y para ustedes, explicándolas. Saco esto a colación por algún comentario critico respecto a esas clases magistrales de esgrima capaces de convertir al más torpe de los espadachines en un aspirante a campeón de florete. La cosa,es cierto, recuerda a esos manuales tipo “Aprenda esgrima en diez lecciones”, pero lo mismo que fútbol es fútbol (Boskov dixit), cine es cine y además, en el género aventurero encajan muy bien todas las incongruencias espacio-tiempo, al servicio del divertimento que es de lo que se trata.

Y lo mismo que la comedia dell´arte juega impunemente con los absurdos, haciendo que las farolas se doblen a voluntad o los estacazos sean tracas verbeneras, Scaramouche juega con el espectador para, alejándole de las lógicas cartesianas, simplemente entretenerle y divertirle, aunque muchos hechos no resistan un examen riguroso ni se sometan a la ley de las probabilidades. ¿Se lo pasó usted bien? Pues ya está. Eso es todo lo que cuenta. No le dé más vueltas. No todo han de ser dramas, thriller o películas que te atornillan sin piedad a la butaca. Hay un cine de evasión precisamente para eso, para evadirnos por unos minutos de una realidad a la que luego volvemos, volvemos y volvemos... Y en esa evasión están Los tres mosqueteros, El capitán Trueno o el propio Scaramouche. ¡Viajemos al sabor de la aventura!

Dirigida por un George Sidney quién ya se había atrevido con la obra de Dumas la película es un excelente exponente del subgénero de "capa y espada" con uno de los actores más aventureros que en el cine han sido, Stewart Granger, recordemos El Prisionero de Zenda, Salomé, Las minas del Rey Salomón o Todos los hermanos eran valientes. Se ha dicho que a Granger le falta ese tono burlesco necesario para dar el verdadero matiz al personaje de Scaramouche. Tal vez. Pero les aseguro que lo hace bien y que su interpretación es creíble y meritoria. A su lado Mel Ferrer, casi perfecto en su papel de infame y "chapeau" su manejo de la espada (tanto si es propio como si es doblado). De ellas, me quedo con la exuberancia de Eleanor Parker antes que con la porcelana de Janet Leigh, aunque ninguna desmerece.

Si, ya sé que es de las típicas películas de sábado por la tarde, en la sobremesa. Ya. Pero eso no la hace necesariamente mala. Quienes sustentan sus críticas en este tipo de cosas lo que en realidad están manifestando es su incapacidad para valorar el cine por el cine, por lo que ofrecían y por lo que aún ofrecen. Y Scaramouche ofrece evasión, acción, aventura, romance y calidad, sea en la sobremesa del sábado o en ¡Qué grande es el cine!.