Aunque
este tipo de films iban dirigidos especialmente a los incondicionales del gran
Elvis y se estructuraban de forma simple sobre un argumento poco complicado, un
romance inevitable y una colección de canciones y números musicales a mayor
lucimiento del artista, ello no los descalifica “per se” pudiendo resultar entretenidos
para el resto de los espectadores siempre que sepamos situarnos y no esperar
peras, mucho menos limoneras, de los olmos.
El
dinero con el que Lucky Jackson (Elvis) piensa adquirir un motor para su coche
de carreras acaba tragado por los sumideros de una piscina donde Rusty Martin (Ann
Margret) imparte clases de natación. Sin dinero, Lucky se emplea como camarero
de hotel e intenta por todos los medios ganar los dólares necesarios para
equipar su automóvil y participar en la carrera de Las Vegas. Con su guitarra
conquista el corazón de la chica y las simpatías de su padre, aunque su obsesión
por la competición no acaba de convencer a Rusty.
Todos
conocemos los montajes póstumos que se organizan en la ciudad del juego, Las
Vegas, con el respaldo de la imagen y los contoneos de Presley. Concursos de
imitadores y hasta una propia religión con un oficiante caracterizado a lo
Elvis y celebrando matrimonios al son de “Viva Las Vegas”, canción del film. Todo
un fenómeno de masas, inexplicable para algunos, pero que vemos con absoluto respeto.
Los mitos y sus legiones de seguidores son un fenómeno connatural a la especie
humana, que en el siglo pasado y en éste ha tenido su reflejo en el mundo de la
música. Los desmayos que ocasionaron Los Beatles, los imitadores de Michael
Jackson o toda esta parafernalia alrededor de Elvis Presley son ejemplos de lo
necesitados que estamos de modelos a imitar.
Destacar
de nuevo a Ann Margret, su buen hacer, su capacidad para el baile y esa frescura,
incluso desparpajo, que no la ponía nerviosa frente al Rey del rock, más bien todo
lo contrario, y que establecía una electricidad voltaica entre ellos y una química
no demasiado frecuente y que los espectadores percibían. El Coronel Tom Parker,
manager de Elvis, no estaba demasiado de acuerdo con una fémina que parecía
dejar a su pupilo en segundo plano, máxime cuando el presupuesto se disparaba desorbitadamente,
pero la fuerza de la pareja era tal que terminó cediendo. La película fue un
éxito de público, situándose en el puesto nº 11 de las más taquilleras del 64,
y ello acabó compensando el millón de dólares de la época invertido en ella.
La
mano de George Sidney (Scaramouche) da a la película un tono colorista y espectacular,
especialmente en las escenas de la carrera, al tiempo que posibilita un recorrido
seudo-turístico por los casinos y salas de espectáculos de Las Vegas, y eso
también se agradece... Ah! Y con la ventaja añadida de que no perdemos nada ni
en las maquinitas, ni en la ruleta ni el bacarrá.
Por
ponerle un pero, el desinterés, rayano a la alegría macarena, con que los espectadores (especialmente los
del helicóptero) parecen tomarse los accidentes presumiblemente mortales de la
carrera no es de recibo... Hombre, ya se sabe que es una película panegírico y
que el chico guapo tiene que ganar “the racing” (of course), pero, sino un
responso, al menos un segundillo de silencio "in memoriam" no le vendría mal.
Puntuación:
6,60