lunes, 7 de septiembre de 2020

FLAXY MARTIN (RICHARD L. BARE, 1949)



 

A Virginia Mayo le sientan como anillo al dedo estos papeles de mujer embaucadora de esa especie homínida extendida geográficamente por todo el orbe denominada en latín, clarísimamente macarrónico, “pardillus máximus”. No soy de los que consideran que hasta ahí llegan sus capacidades artísticas. Considero que la chica da para más, pero es cierto que donde exprime al máximo sus talentos es en este tipo de papeles, sobre todo si se añade una pizca de fingida inocencia, un buen chorro de seducción y se riega todo con algunas lágrimas de cocodrilo (sin abusar).

Por su parte, a Zacchary Scott, le tengo algo encorsetado en un cine serie B, donde cumple con creces lo que se espera de él. Sin embargo sería injusto dejar de reconocer que, a pesar de esa sempiterna imagen suya que podría ponerle cara perfectamente a Don Quintín el “amargao”, el hombre nos ha dejado buenos momentos interpretativos en películas como La máscara de Dimitrios, El sureño, Mildred Pierce o Flamingo Road, estas últimas con una devora partenaires como Joan Crawford.

Aunque ambos actores están en su línea y cumplen con corrección, también es cierto y totalmente lógico que los productores intentaron seducir a la taquilla promocionando por encima de todo la imagen de Virginia Mayo, quien además hacía poco que había participado en otro “noir” del mismo director “Smarts girls don’t talk”.De ahí que la película se acabara titulando Flaxy Martin, el nombre de la actriz en el film y en los reclamos publicitarios se determinase la materia prima de su corazón: “La chica con el corazón de hielo”. Las referencias a Scott y a Dorothy Malone acabaron minimizadas, casi ninguneadas, a pesar que su cuota de pantalla era infinítamente superior a la de Miss Mayo. La lógica vuelve a imperar. La seducción como la tentación viven arriba y venden más que los rostros inexpresivos y las chicas bien tan modositas ellas.

Donde la cosa adquiere condiciones catastróficas es en el guion. Su estructura es muy endeble y como todo aquello que anda cogido con pinzas acaba descolgándose a trozos por todas partes. Los escrúpulos de un abogado en nómina de la mafia americana son de hacérselo mirar pero se riza el rizo rizado cuando acepta incriminarse a él mismo con tal de salvar a su amada Flaxy, ya saben la pelandusca que aparenta un triple juego cuando en realidad solo tiene uno, ella misma y el dinero. Los conocimientos jurídicos de nuestro letrado no le salvan de acabar en un tren camino del presidio, pero ¡oigan! esto es una película y el guardia un alma bendita que le pone facilísimo la fuga. A partir de ahí, se trata de ver si la venganza se sirve o no fría, y no se sabe muy bien porqué pero la diosa Fortuna o un representante avispado que encontró un papelito para su actriz, pone en su camino a una buena chica (Dorothy Malone, ¡que tiempos aquellos!). Para lo que tiene en mente el leguleyo, dos son una multitud, claro que para un final feliz de los que gustaban en aquella época de romances y sueños americanos la Dorothy de turno resulta imprescindible.

Por cierto, siempre me pareció curioso lo rápido que se enamora la gente en las películas, sobre todo en las americanas de aquellos años.

Una última mención (honoris causa) para Elisha Cook Jr. un excelente secundario que a base de repetir siempre su papel de matón de tres al cuarto y de andar por casa, acaba sabiéndoselo al dedillo. En esta película tiene algunos extras adicionales que nos confirman lo que ya intuíamos, que cuando lo eligen es por algo.

Puntuación: 6,25

 

 

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